Autores

manuscritodiscipuloamado

EL MANUSCRITO

DEL

DISCÍPULO AMADO

LEO KABAL

Editorial Creación

© Editorial Creación

Tel.: 664755502

https://www.editorialcreacion.es

http://editorialcreacion.blogspot.com/

ISBN: 978-84-95919-33-5

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org), si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra».

PRÓLOGO

Conocí a Josué en una de esas conferencias de espiritualidad que se imparten para explicar los conocimientos ocultos a todo buscador interesado en desarrollarse espiritualmente. Después de unos años le volví a ver, esta vez en mi tienda. Le tuve como cliente algún tiempo y entablamos una profunda amistad. Aprendí mucho de él y le consideraba un maestro, un gran sabio de la era moderna. Era uno de esos grandes hombres que parecen pequeños, un maestro de verdad. Siempre lo supe, aunque él, con su forma de comportarse, parecía desmentir esta idea mía. Era humilde, sencillo y siempre tenía en su boca palabras de ánimo y consuelo. Nunca nadie elevó tanto mi autoestima y mi espíritu. Pero lo que más me sorprendía es cuando él me llamaba maestro. «El maestro eres tú» —le contestaba.

Después de un par de años llegué a considerarle un gran ser, un padre y un amigo. Alguien con el que contar en todos los momentos de mi vida. Me enseñó los valores más altos y divinos que hay en el ser humano. Y un día, sorprendentemente, se acercó a mí y me dijo: «Estás a punto de recordar algo trascendente, cuando lo hagas sabrás quién soy en realidad, no en mi aspecto físico, pues eso ya lo conoces, sino en mi ser espiritual. He venido para traerte un manuscrito, el manuscrito que sólo tú puedes sacar a la luz, porque tú fuiste en su día el elegido por aquel que lo escribió. Muy pronto te llamaré para entregártelo, pues el Hombre ya está preparado para conocer todo lo que en él se cuenta».

Tengo que reconocer que aquellas palabras me dejaron atónito. ¿Quién era en realidad Josué?, ¿por qué me había elegido a mí para publicar lo que decía era un manuscrito de otra persona.?... Le di muchas vueltas a la cabeza pensando en esto. Me rondaron ideas negativas acerca de él. ¿Estará mal de la cabeza? Pensé. Me debatí durante unos días entre si debía hacerle caso o decidir que estaba loco y olvidarme definitivamente de él. Pero al final venció mi cordura y decidí darle una oportunidad, pues, al fin y al cabo, los buscadores de la verdad, siempre podemos ser considerados un poco locos. Pero también tengo que decir que mi intuición me decía que Josué tenía razón y que decía toda la verdad, pues su forma de comportarse era siempre elevada, seria y razonable.

Al cabo de unos días, la llamada se produjo. Me citó en una cafetería de la Puerta del Sol y, mientras bajaba las escaleras de mi casa y me dirigía al lugar del encuentro, ocurrió algo curioso: empezaron a acudir a mi mente extraños y lejanos recuerdos, recuerdos que no pertenecían a este tiempo. De repente, me vi en una época en la que los seguidores de Cristo éramos fieramente perseguidos. Debía ser allá por el año 90 ó 100 de nuestra Era en la ciudad de Efeso. Yo ayudaba a un anciano que todo el mundo veneraba. Se trataba de Juan, el discípulo amado. Tomó un libro que él había escrito y me dijo: «David, yo ya estoy listo para partir de este mundo. Te entrego este libro para que lo des a conocer cuando el mundo esté preparado para escuchar lo que en él se cuenta. Séllalo hasta ese tiempo y no permitas que nadie lo lea hasta que la semilla de Cristo halla preparado los corazones y las mentes de los hombres».

Lo cogí e hice lo que me dijo, pero cuando se acercó la hora de mi partida de este mundo lo entregué a un hermano que reconocí como Josué, el que me acababa de citar en la Puerta del Sol.

Alguien me preguntó la hora y volví bruscamente al presente. Faltaba un cuarto de hora para el momento en que debíamos encontrarnos, que era a las 12 de la mañana. Tenía que acelerar la marcha si quería llegar a tiempo.

Mi mente volvió otra vez a preguntarse qué estaba pasando: ¿Qué significaban esos recuerdos?, ¿qué pintaba yo en todo este asunto?, ¿qué sabía Josué que a mí se me ocultaba? Estaba deseando llegar para dar respuesta a todas estas preguntas.

Llegué a la cafetería y allí estaba él, sentado en una mesa y con un maletín que parecía contener el manuscrito. Pedimos un café y, sin esperar más tiempo, le dije: «¿Qué significa todo esto?, mientras venía hacia aquí he tenido recuerdos de un pasado antiquísimo en el que estamos Juan, tú, el libro y yo».

Y me dijo: «Si escarbas en tu interior, hallarás que nuestros espíritus solo han cambiado de cuerpo, pero, en realidad, somos los mismos que has visto en tus recuerdos. La parte externa es la única que cambia de aspecto, pero en el interior habita el mismo espíritu. Nosotros somos viejos conocidos. El libro ha sido custodiado por los hermanos mayores desde aquel tiempo hasta nuestros días. Pero ahora ha llegado el momento en que Juan, el primer resucitado, dijo que el libro debía darse a conocer a todos los hombres. Ahora es el momento en que muchos espíritus de aquellos tiempos han vuelto, en otros cuerpos, y están preparados para entender el mensaje del libro.

»Pero por ser tú quien recibió el libro de manos del propio Juan y quién los sello hasta nuestros días, a ti corresponde la tarea de abrir su sello».

Y cuando hubo dicho esto me entregó el maletín con el manuscrito y agregó: «No tardes en sacarlo a la luz, pues vienen días difíciles, de tremendos cambios en donde las tinieblas pueden hacer mucho daño. Aún hay tiempo para que los que lean este libro y asimilen sus enseñanzas puedan prepararse para pasar las pruebas que se avecinan. Su contenido ayudara a que el cambio sea menos doloroso y las tinieblas menos densas. Los que han madurado, los que han permanecido despiertos, no necesitarán asimilar los conocimientos del libro, pero si lo leen les resonará todo lo que en él cuenta nuestro amado Juan, pues se darán cuenta de que ya lo sabían, ya que el conocimiento no necesita aprenderse en los libros materiales, sino que hay un lugar en los mundos celestes donde se guarda todo lo que ha ocurrido desde que la Creación se inició».

Estuvimos allí un rato más; yo le hice muchas preguntas, pero solo contestó algunas; las otras, me dijo que serían contestadas por mí mismo cuando llegase el momento. Nos despedimos como a las dos menos cuarto.

Mientras iba de camino a casa me volvieron otra vez a la mente extraños recuerdos. Vi de nuevo a Josué en aquel remoto pasado y le reconocí. Era un hermano mayor, uno de esos seres excepcionales que velan por la Humanidad y que nos han estado ayudando durante siglos. Nadie hubiera imaginado que un ser que, a los ojos de todo el mundo, parecía tan simple y vulgar podría ser un elevado maestro espiritual.

Desde aquel día nunca volví a ver a Josué en la vida de vigilia; pero sí me encontré con él muchas veces en el Mundo Astral, mientras dormía. Y supe por qué en mi vida anterior le había entregado a él el manuscrito. Él vivía en su nuevo cuerpo, el cuerpo que todos hemos de alcanzar algún día, el que inauguró Cristo en su resurrección. Un cuerpo que no tiene conciencia de muerte. Él era, además, mi guía espiritual. Por eso en el pasado le confié el manuscrito que ahora pongo a disposición de todos los que quieran saber algo más del mensaje que Jesús-Cristo confió a todos sus discípulos.

Como Josué me vaticinó, he recordado muchas cosas y yo mismo me he contestado las preguntas que él estimó oportuno no responderme. También he descubierto, y esto es muy importante, que entre todos los que nos acercamos a Cristo o a sus discípulos en aquellos momentos trascendentales, y que ahora estamos encarnados, formamos un gran equipo espiritual. No nos reunimos en ningún lugar, ni siquiera nos conocemos físicamente, pero espiritualmente estamos unidos: somos un solo espíritu y cada uno tenemos una tarea que cumplir, una misión importante que realizar en este nuevo siglo para dar a luz el Reino que Dios nos ha prometido.

¡Qué el manuscrito, cuyo sello ahora se abre, ilumine vuestras conciencias, llene vuestro corazón de Amor de Dios y os abra las puertas del Reino de los Cielos!

«EL TIEMPO ESTÁ CERCA»

Yo, Juan, hermano vuestro en Cristo, escribo estas letras para los entendidos, para las almas que hayan pasado ya la primera etapa en Cristo (quien sufrió hace ya algunos años tormento de cruz para que toda la Humanidad pueda ser elevada al Reino de Dios), para los que comprendan el lenguaje espiritual, para aquellos de entre los hombres en los cuales la palabra de Dios haya encontrado la tierra propicia y sus oídos sepan escuchar y sus ojos puedan ver entendiendo; en definitiva, para todos aquellos que estén preparados para resucitar el Verbo1 en su interior.

Hace algunos años, mientras me hallaba en Efeso, llegaron hasta mí las terribles noticias de que Jerusalén había sido invadida, profanado e incendiado el Templo y muertos muchos compatriotas que habían cometido el gran error de enfrentarse a las legiones romanas. El sufrimiento fue tal que, entre los hermanos, surgió el convencimiento de que el «Fin de los Tiempos» había llegado. Muchos fueron los seguidores de la Verdad que pensaban que Cristo volvería, tras la destrucción de Jerusalén, y restauraría la Era Mesiánica, pues habían oído que Él mismo lo había anunciado así.

En Efeso había muchos hermanos que, entre angustiados y con alegría, también pensaban de esta manera. Éstos aprovechaban cualquier ocasión para preguntar a los más antiguos de entre nosotros, a quienes habíamos conocido al Señor. Muchos se acercaban a mí en aquellos días y me decían: «Dinos, ¿cuánto falta para que acaben los males del mundo y la Nueva Jerusalén sea una realidad?».

Al principio no sabía qué responderles, pues yo mismo anhelaba que tras la ruina de la Ciudad Santa se produjera el tan esperado retorno de Cristo. Pero sabía que las promesas espirituales no ocurren tal como las espera la humanidad terrenal. El hombre, debido a interpretaciones basadas en el orden físico e influidas por el «príncipe de este mundo», se forma una idea errónea y la da por válida. Después, cuando todo un pueblo ha bebido de ella se transforma en creencia popular. Así ocurrió con la interpretación de la venida del Hijo del Hombre y así está ocurriendo con la idea de su regreso. Por eso había decidido que un día debía hablarles y deshacer toda idea errónea acerca de la segunda venida de Cristo.

Según muchos ya saben por los escritos2 que algunos de los discípulos del Señor hemos repartido en las distintas iglesias cristianas, Cristo se presento en la Tierra exactamente al contrario de cómo pensaban que vendría la mayoría del pueblo judío: vino como cordero a cumplir la Gran Misión de Dios, y no como líder y rey para salvar a los israelitas de la tiranía romana; vino a reinar algún día sobre todos los corazones humanos y a salvar a toda la Humanidad y no sólo a unos pocos escogidos.

Mi corazón sabía todo esto y mi deber era decirles la verdad; pero también amaba a mis hermanos, a los que consideraba mis hijos en Cristo. ¿Qué podía responderles para no desanimarles?, pues el Reino de Dios, representado por mis visiones (y la de otros hermanos) de la Nueva Jerusalén no se iba a producir inmediatamente después de la caída de la Jerusalén material. Todos los que habíamos participado de la nueva iniciación sabíamos esto; pero en realidad hubiésemos deseado permanecer ignorantes, pues era tal la ilusión despertada por el inminente retorno de Cristo que no éramos capaces de desilusionar a tanta gente.

Mi respuesta a la tan angustiada pregunta de mis hermanos fueron siempre las mismas palabras que escuché una y otra vez en el Mundo Espiritual cuando era arrebatado hacía él durante mis meditaciones: Confiad y guardaos de hacer ningún mal, pues el tiempo está próximo.

El tiempo está próximo, eso era todo lo que yo podía decirles. Pero «mil años son como un día para Dios» y la proximidad del Reino de los cielos no escapa a esta sentencia de los libros sagrados.

Yo, como iniciado en los mundos espirituales, sabía que el corazón humano en general todavía necesitaba mucho tiempo para poder revestirse del hombre crístico; pero mis hermanos más jóvenes, mis hijos en Cristo, necesitaban un consuelo espiritual para aquellos espantosos crímenes que se estaban cometiendo. El Templo, símbolo espiritual de nuestros padres (hablo de los hebreos), había sido incendiado. Lo más sagrado de nuestra tradición había sido destruido en un sólo día. Dura prueba era esta, pero ¿no había dicho el Hijo del Altísimo que el verdadero templo era nuestro cuerpo? El templo que había que levantar sobre las cenizas de aquel que había sido destruido, es el templo del Espíritu Santo, el cual no se forma con piedras, sino cultivando una moral elevada, huyendo de todo egoísmo y maldad. En definitiva, dejando nuestro interior limpio para que pueda penetrar la luz de Dios. Tres días le bastaron a Cristo para levantar este templo y desde entonces se encuentra a disposición de cualquiera que quiera levantarlo.

En nuestras reuniones en la Iglesia de Éfeso hablábamos mucho sobre el «Fin de los Tiempos», pues eran mayoría los que demandaban más conocimiento sobre cómo habría de producirse y cómo escapar al Juicio de Dios. Eran mayoría los que pensaban que Cristo volvería inmediatamente. Esto les consolaba y no paraban de pedirme que intercediera por ellos ante el Señor para pedirle una respuesta más clara que aquella de que «el tiempo estaba cerca». Ante tanta insistencia decidí pedir una revelación en el Mundo Espiritual para que les permitiera al menos un poco de consuelo. Fue así como nos fue concedida una profecía reveladora3 , aunque escrita en un lenguaje de misterio. Esta profecía fue entregada a la Iglesia, pero mucho me temo que sólo la han entendido aquellos que han penetrado en los misterios espirituales del Verbo. No obstante, cualquiera que la lea recibirá la luz espiritual para la cual haya preparado a su alma. Sobre ella había decidido hablarles y desvelarles aquello que puede ser revelado a todos, sin mostrarles lo que sólo puede descifrarse y entenderse mediante la iniciación cristiana.

Muchos habían sido los sufrimientos del pueblo judío en aquellas desoladoras horas en las que Tito, el tirano de Roma, destrozase todo lo que había sido sagrado y venerado durante siglos; pero no por eso había que dejar que las ideas torcidas de algunos, como los zelotes, imperasen sobre el resto de nuestra comunidad. Cierto que nuestros familiares, en cuanto a la carne, habían perdido todo, pero nosotros, los seguidores de Jesús el Cristo, habíamos adquirido recientemente lo que era verdadero y por lo cual seríamos de nuevo ciudadanos espirituales de un Nuevo Reino que no pertenece a este mundo. Por eso me vi obligado, pese a mi edad, a poner orden en nuestra iglesia y aclarar algunos puntos que se estaban malinterpretando.

Con la ayuda de mis hermanos, y en especial de mi amadísimo David, que siempre estaba presto a ejecutar mis deseos, subí a la Iglesia un sábado y hablé a los congregados de esta manera:

«Hijitos, amados en Cristo, debo hablaros claro de los tiempos presentes y venideros. Confiad, el tiempo está cerca, pero, ante todo, lo que debe preocuparos no es si Cristo viene hoy o mañana (Pues el dijo que vendría como ladrón en la noche), sino si estáis preparados para recibirle. Eso es, en realidad, lo que debe ocupar la mayor parte de vuestras meditaciones. Cristo, a la verdad, viene, pero basta ya de discutir sobre si viene hoy o mañana, si será a los cien años de su nacimiento en la Tierra o a los mil. Cuando este acontecimiento deba tener lugar, no debe importaros tanto como para llegar a obsesionaros ocupando todos vuestros pensamientos. Yo también comparto con vosotros la ilusión y deseo que su vuelta se produzca cuanto antes. No obstante, considero que he de seguir trabajando en conseguir parecerme a Él lo máximo posible, no sea que, al venir, me halle indigno de entrar en su Reino».

«Pero Él dijo que volvería tras la destrucción del Templo habló Dídimo el labrador ¿No es Cristo el Mesías del pueblo de Israel?, ¿cómo entonces, ha dejado que ocurra esto a su pueblo? Israel, según las profecías, ha de ser de nuevo levantada y el Mesías gobernará desde allí a todas las naciones. Esa es la única respuesta a todo lo que está ocurriendo. Israel no puede haber sido abandonada por Dios, pues todos nosotros hemos reconocido a su Mesías, a Jesús de Nazareth, y sabemos que todas las naciones se postrarán ante Él y su pueblo elegido. ¿Estoy en los cierto o no, venerable anciano?, ¿interpreto bien a los profetas de nuestro pueblo?».

«Hay una cosa que tú, Dídimo, y todos vosotros debéis saber, contesté, la venida de Cristo y su posterior crucifixión era algo que no esperábamos los ciudadanos judíos. Sólo unos pocos educados en las doctrinas esenias pudimos reconocer al Hijo de Dios caminando entre los hombres. Entre esos, Dios tuvo a bien elegirme a mí y el mismo Cristo me inició en los misterios del Verbo. Desde entonces el Mundo Espiritual es mi verdadera casa y hay muchas cosas que veo y oigo allí. Algunas se me permite compartirlas con vosotros, y otras no. Hoy vengo decidido a haceros comprender que los seguidores del Cristo hemos de cortar cualquier lazo con nuestras tradiciones, debemos aprender a vivir en la nueva doctrina, la cual ya es hora de asumir.

»Tened por seguro que aunque muchos de nosotros, hijos del pueblo elegido de Israel, estemos orgullosos de pertenecer a esta raza en cuanto a la carne, la verdad es que hemos de estar mucho más orgullosos de ser integrantes del pueblo elegido según la promesa, esto es, al Israel espiritual. Esta es la doctrina que no paraba de enseñarnos nuestro amadísimo Pablo4, y es la única doctrina verdadera. Así que, a partir de hoy os digo: hay un nuevo pueblo elegido y una nueva raza: el Israel celestial, el cual se compone de todo ciudadano libre, esclavo, judío, griego o de cualquier nación que habite en la tierra. Desde ahora lo único que debe preocuparos es llegar a poder ser ciudadano de esta nueva nación espiritual. Para ello sólo tenéis que amaros los unos a los otros como Él nos amó. En esto consiste el mayor de los misterios, pues el amor mueve el Universo, y Dios es amor. Hijitos, hacedme caso, amaos los unos a los otros, si hacéis esto es suficiente.

»Recordad la revelación que os entregué, no os dejéis seducir por los anticristos y apartaos de la doctrina de los nicolaitas, pues los anticristos son los que niegan al Padre y al Hijo, y los nicolaitas ven la verdad en la vida superficial, carnal y sensual. En verdad ya está el Cielo al tanto de que vivís separados de sus obras y de que amáis todo lo que Dios ha prometido por medio de su Hijo Jesús-Cristo. Pero una cosa os falta por perfeccionar, una cosa corre peligro en vosotros: si dejáis vuestro primer amor.

»Os explicaré esto con más detalle: El mal existe en el mundo, pero esto no debe ser excusa para dejar de amar. Debéis seguir amando y espiritualizando todo lo que se encuentra en el mundo material. La destrucción de Jerusalén ha sido una gran pena y conmoción para nosotros, así como toda destrucción e injusticia que se comete contra un hermano por el pueblo de Roma; pero si ponemos los ojos en la Nueva Jerusalén, nuestra tristeza se convertirá en alegría. Pues ¿no esperamos nosotros un nuevo mundo?

»No dejéis que las cosas que ocurren en el mundo físico nuble vuestra razón y llene vuestro corazón de odio. Al contrario, procurad que en vuestro corazón haya siempre un poco de amor para perdonar incluso a vuestros enemigos, como Dios nos enseñó a través de Jesús-Cristo. Porque ¿adónde nos conduce el odio? Fijaos en los zelotes y en todos los que permiten que el odio anide en su corazón. Al final terminan convertidos en bestias humanas: cegados y, en lugar de ver lo que hay de divino en el hombre, ven lo diabólico, pues han dejado que lo diabólico impere en ellos»

«Gracias, hermano, es el mismo Dios quien te ilumina Dijo Simón Marcos; gracias sean dadas a Él por tenerte entre nosotros y poder recibir sus consejos».

«Alabado sea Dios por Juan Dijo Dídimo, aún debemos aprender mucho».

Y toda la asamblea respondió: «Sea por siempre alabado».

«Hijitos dije de nuevo Tened esto siempre presente: Podéis meditar, debatir, formular opiniones; pero no olvidéis tener amor los unos con los otros, pues aunque os agobie que os lo repita una y otra vez, en esto consiste toda la doctrina del verdadero seguidor de Cristo. Si fallamos en el amor, lo hacemos en todo lo demás».

Aquel día estuvimos allí mucho más rato. Unos seguían pensando que nos encontrábamos en los últimos días; otros, que no pasaría el siglo que vio nacer al maestro sin que ese día se dejase ver; pero todos habían comprendido dos cosas básicas:

1ª que los sucesos materiales no debían alterar el orden interno y espiritual;

2ª que el amor era el primer requisito para entrar en el Reino de los cielos.

Ese Día lo recuerdo como el día en que la Iglesia de Efeso inició un nuevo camino, el camino del Israel espiritual. Pero también aprendió que lo más importante es el amor.

Cuando acabó la asamblea, los hermanos David y Lucio me llevaron a casa, y entonces comprendí que el consejo divino repetido sabiamente con amor, al final siempre da los frutos esperados.

EL MISTERIO DE LOS DOS MESÍAS

Nuestro Señor, en su agonía en el monte del Gólgota, pronunció unas palabras que hizo que María, su amadísima madre, me recibiese en su casa. A partir de entonces, ambos vivimos como madre e hijo, cumpliendo así el último deseo de Jesús de que yo ocupase su lugar mientras ella viviese en la Tierra.

Al pasar un tiempo, cuando las cosas empeoraron en Jerusalén y los más cercanos a nuestro Mesías éramos fieramente perseguidos, partimos hacia Éfeso, y allí vivimos ella y yo en una casita que Dios tuvo a bien entregarnos. En esa región se habían trasladado muchos hermanos con los cuales nos relacionábamos. María y yo convivimos como madre e hijo hasta que un día quiso Dios que ella abandonase el mundo físico.

Muchas fueron las cosas que esta buena mujer me contó de su hijo antes de que yo hubiera tenido ocasión de conocerle. Entre ellas recuerdo especialmente cuando me relató la sensación que tuvo al ser acogida en casa de José el carpintero y conocer a Jesús.

«Sentí como si abrazase de nuevo a mi propio hijo me dijo. No sólo se le parecía en el nombre, pues se llamaba igual, sino en su forma de ser. Todo en él me recordaba a mi Jesús, el único hijo que había tenido y que, según todos creíamos, había sido arrebatado al mundo de Dios a la temprana edad de doce añós. Pero la sensación de abrazar al alma de mi hijo fue una sensación espiritual y compartida, pues Jesús también creía haber hallado a su madre. Recuerdo que en este primer abrazo sus palabras fueron las siguientes: Bienvenida a tu nueva casa, madre. Yo soy el hijo que creías perdido.

»José me contó siguió diciendo María que antes de morir su esposa, Jesús experimentó un cambio importantísimo cuando, mediante un viaje a Jerusalén en Pascua, se perdió. Al hallarlo después de tres días, era otro ser completamente distinto. Pensaron entonces, él y su esposa, que una entidad divina se había apropiado de su cuerpo, pues el que hasta ese día se había mostrado casi mudo y retraído, de repente hablaba sin parar con una sabiduría que sobrepasaba a la de los doctores de la Ley. José y su esposa se miraron y los dos dijeron al unísono: Un Ángel habla por su boca. Después de este acontecimiento Jesús no volvió a ser el mismo. “Tiene la sabiduría de un profeta”, dijo José, mi segundo marido.

“¿Habrá descendido sobre él el Mesías prometido, el futuro rey de Israel?”, le preguntó ella.

«Créeme, Juan, después de aquello, según me contó José, Jesús cambió de tal forma que sus respuestas les dejaban atónitos; según mi José, nuestro hijo tenía respuesta de rabí y el corazón de un hombre de Dios. Desde que nació, Jesús sólo había mostrado su elevado y amoroso corazón, pero ahora mostraba también una gran sabiduría, una sabiduría que únicamente puede descender del Altísimo. Así es, Juan, como yo recordaba a mi hijo, el que tuve con mi anterior y difunto marido. Y esto me hizo llorar de alegría más de una vez, mientras pensaba: No sé cómo, pero ¡sea cómo sea, el alma de mi hijo Jesús habita en él!».

Aquella historia me hizo recordar lo que el mismo Jesús me contó en cierta ocasión. Me dijo que el día que ocurrieron los hechos en Jerusalén, cuando se perdió no sabía muy bien lo que le pasó. Sólo recordaba que, mientras sus padres compraban algunos recuerdos en el mercadillo de Jerusalén, él, siguiendo un designio inexplicable, subió al Templo y entró a escuchar a los doctores de la Ley. Una vez dentro, sufrió una especie de desmayo súbito. Lo siguiente que recordaba era a los intérpretes de la Ley intentando reanimarle. De repente, le pareció como que, viniendo a una velocidad vertiginosa de mundos desconocidos, aterrizó en su cuerpo. Al reanimarse, podía hablar correctamente y recordaba cosas que no le parecía haber vivido, por lo menos en la vida presente.

«Parecía me dijo como si todos los libros de la ciencia se hubieran abierto en mi mente. Me sentaron en una silla y escuché con atención lo que decían. De repente, un impulso irrefrenable me obligó a interpretar lo que ellos decían de otra manera, algo que en condiciones normales no me hubiera atrevido. Hablaban del Mesías y lo asemejaban a un gobernante de nuestro pueblo. Discutían entre ello sobre si vendría como un ángel o sería como los profetas consagrados a Dios y llenos del Espíritu Santo desde el vientre de su madre. Yo les dije que el Mesías vendría tal y como está anunciado por los profetas: será una mezcla divina y humana y su misión principal será la de llevar la salvación a todos los confines de la Tierra.

«Créeme, amado joven Siguió diciéndome Jesús, en aquel momento sentí como una realidad aquello que afirman los griegos de que el alma en algunas situaciones puede recordar cosas que ha olvidado al venir a este mundo. Allí me sentí profeta y pude recordar una sabiduría milenaria. Recuerdo que los rabinos me hacían preguntas que yo siempre contestaba como si la sabiduría o Dios mismo hablase por mi boca. Más tarde me di cuenta que ya no era el mismo, pues a partir de aquí descubrí que mi misión era prepararme para la llegada del Mesías. Notaba una relación especial, como si mi vida estuviera vinculada a la vida del mismo Ungido de Dios».

Cuando María se hizo cargo de su nueva casa y supo todas estas cosas y , además que la transformación del niño había ocurrido, más o menos por la misma época en que su hijo había muerto, convenció a José para hablar en secreto con los sacerdotes de la comunidad esenia de Nazareth a la que, como miembros, pertenecían. Éstos les dijeron que el niño debía acudir a estudiar algún tiempo con ellos, pues su nacimiento había coincidido con la época en que (según las profecías) habría de nacer el «Hijo del Hombre». Pero les dijeron muy seriamente que nadie debía saber que Jesús podía estar relacionado con el Mesías prometido. También les comentaron que, hasta ahora, las investigaciones de los maestros esenios suponían que el Mesías era otro Jesús, hijo de un tal José, un vecino de Belén, que más tarde se estableció en Nazareth. Pero recientemente había sido descartado, pues había fallecido. Ante estos acontecimientos María rompió a llorar y recordó que sus intuiciones de que Jesús, el hijo que tuvo con su anterior marido, y este Jesús, hijo de su marido actual eran una sola alma, podían estar en lo cierto. Les dijo a los esenios que ella era la madre de aquel otro Jesús y comentó con ellos sus recuerdos. Éstos prometieron investigar más a fondo aquella interesante historia.

«Una semana después me dijo María , como a la edad de 15 años, el sacerdote esenio de Nazareth preguntó a Jesús si quería estudiar con ellos. Nosotros pensamos que, debido a su edad, opondría alguna resistencia, pero toda su respuesta fue: “Mi padre así lo desea y yo estoy aquí para cumplir su voluntad”. Supimos enseguida que hablaba del Padre celestial».

Los padres de Jesús y los míos eran hermanos espirituales. Creían en las mismas cosas y pertenecían al mismo grupo religioso: los esenios. Una vez por semana solíamos ir a la sinagoga de Nazareth a orar y a intercambiar opiniones con los demás. Recuerdo que cada vez que veía a Jesús, y en especial cuando venía a mi casa, mi corazón saltaba de alegría. Era muy poca la gente que no sintiera amor por Él al verle. Se hacía querer por todo el mundo. Pero reconozco que nuestra amistad era especial. Él se convirtió en mi modelo a imitar y yo en su confidente. Al principio sólo me contaba cosas sin importancia, inquietudes que a él le habían intrigado cuando tenía mi edad. Más tarde, cuando tuve uso de razón, me habló claramente de sus progresos espirituales como estudiante de las enseñanzas esenias.

«Dicen los maestros que el Mesías tiene relación con nosotros me dijo. Amado Lazarillo (Así me llamaba cariñosamente), he de confesarte un misterio continuó: Ellos creen que el Mesías ha de manifestarse a Israel a través de mí. Esto me conmueve profundamente, pues, por un lado deseo que Dios establezca pronto su reinado, y por otro, siento miedo de las afirmaciones de los maestros esenios. La responsabilidad del Hijo del Hombre es tremenda».

Yo, en mi inexperiencia de adolescente, y sin esconder mi alegría, le dije: pero, Jesús, eso es fantástico: ¡Tú, el Mesías!, ¡el rey de Israel!, ¡alabado sea Dios! que pone delante de su siervo a tan digna criatura.

«Pero, Lazarillo, amigo me dijo, ten prudencia, nadie debe aún saber cuánto te he dicho. Tal vez no sea yo el elegido, aún hay ciertos maestros que albergan dudas al respecto».

Aunque Jesús me habló de esta manera, para mí estaba muy claro: él era el Mesías, pues todo lo que me contó que le había pasado le señalaba como al rey tan esperado por nuestro pueblo.

Poco a poco, Jesús me fue poniendo al corriente de como había sido su preparación hasta que el Sacerdote Justo, el jefe de nuestra orden esenia, llegó a la conclusión de que él era el elegido:

«Cuando el sacerdote de Nazareth consideró que ya estaba preparado para iniciar mi noviciado en el desierto de Judá, junto al Sacerdote Justo, me envió allí. Inmediatamente los 12 jefes y los 24 ancianos mandaron a 7 hombres esenios a investigar los pormenores de mi nacimiento en Belén. Éstos descubrieron que los grandes profetas y reyes de Oriente, los conocedores de la religión de Zoroastro (tan amiga de nuestro pueblo) habían viajado para verme nacer. Todos los que recordaban aquella inusual visita les contaron que el motivo de su viaje era porque, según sus cálculos astrológicos y su visión de Mundo Espiritual, un gran profeta estaba a punto de nacer; pero que no se trataba de un profeta cualquiera, sino del mayor de los profetas, de su antiguo profeta Zoroastro, que había sido elegido por Dios para albergar al Espíritu Solar, aquel a quien el pueblo de Israel denominaba el Mesías. “A partir de ahora
dijeron los que recordaban los hechos que habían contado los Magos comienza una nueva Era para la Humanidad, aquella en la que los hijos de Dios vencerán a los hijos de las tinieblas, pues el mismo Dios renacerá en la Tierra, a través de Zoroastro, para ocuparse de su salvación”.

»Al volver los hermanos y contar al consejo lo que habían investigado siguió diciendo Jesúsdescubrieron que aquel espíritu que había renacido, ahora con el nombre de Jesús, era yo. No llegaron fácilmente a esta conclusión, pues había lagunas que llenar, porque ¿cómo es posible que Jesús, el Mesías de Israel, aquel que los Magos habían denominado como el espíritu del antiguo profeta Zoroastro, muriese a la temprana edad de 12 años? Sólo una cosa era posible: que este ser se hubiese trasladado a otro Jesús. Esta fue la conclusión a que llegaron, después de revisar a-tentamente las profecías de Manaem5, el que había sido querido y venerado por nuestro grupo por generaciones. Manaem profetizó lo siguiente: “dos Mesías veo nacer en Belén poco antes de morir aquel5 a quien profeticé que sería rey de los judíos por largo tiempo. El uno se fusionará con el otro a temprana edad para albergar al Espíritu Divino que acabará con los males en la Tierra”. También estudiaron mis recuerdos de la infancia y se dieron cuenta de que coincidían con la historia de aquel ser renacido que describieron los Reyes Magos. Por algún motivo, Lazarillo, mi espíritu se había trasladado al cuerpo de otro niño a la edad de 12 años, aquella edad en la que me pareció recibir de repente toda la sabiduría del Cielo. Aquí hay un embrollo para los hombres de la Tierra, los que sólo piensan en la lógica física; pero hay otra lógica que es espiritual, y, según ella, tuve dos padres y dos madres, pero esto sólo lo entienden los que saben que el Mundo Espiritual existe junto al mundo físico y la misión de las almas queda velada para el ojo físico hasta que éste no sea reemplazado por el ojo espiritual».

No solamente delataba a Jesús como el Mesías todo lo que acababa de contarme, sino que el Sacerdote Justo y otros cargos de la orden recibían revelaciones como grandes iniciados en los misterios judíos. El Mesías era esperado en esos tiempos por todo Israel. Se pensaba que su llegada precipitaría el «fin de los días» y reinaría sobre todas las naciones desde Israel. Nuestro grupo esenio disponía de conocimientos ocultos que los demás grupos ignoraban. Los iniciados y maestros de la Orden estaban al corriente de la Misión Divina, habían aprendido el arte de la curación espiritual y algunos, los más venerables maestros, tenían el don de la profecía y la clarividencia. No todos los esenios de Israel eran como nosotros, nuestra raza era diferente. En aquellos tiempos se podían distinguir al menos cuatro clases de ellos. La nuestra jugó un papel especial, una misión especial, pues de allí salió el ser que habría de albergar al Mesías, el que un día debe reinar en todos los corazones. Esta raza de esenios era mayoritaria en Galilea. En Judea habitaban otros más radicales con la Ley de Dios, aunque todos reconocíamos como líderes espirituales del grupo a los que vivían en el desierto de Judá. No ocurría lo mismo con Jesús. La opinión estaba dividida: unos consideraban que no reunía los requisitos de las profecías y la carta astral custodiadas en lugar seguro por los 12 jefes; otros, albergaban dudas al respecto; y otros, negaban cualquier vinculación de Jesús con el Mesías, pues decían quien ellos pensaban que sería había muerto a la edad de doce años, por lo que el verdadero todavía no había nacido. Pero la opinión que reinó en el Consejo fue la de que Jesús era el Mesías y para ello escribieron en el libro de las Leyes y Verdades lo que sigue:

«Las investigaciones espirituales llevadas a cabo por los mas venerados entre nosotros concluyen los siguiente:

1º El espíritu del Mesías es Jesús de Nazareth, el hijo de María y de José el carpintero.

2º No hay duda para los investigadores de los hechos ocultos de que el espíritu del niño que hasta la edad de 12 años habitó en el Jesús que nosotros habíamos investigado y habíamos reconocido como el Mesías de Israel, se trasladó a nuestro segundo Jesús.

3º Aún le falta a este Ser la transformación6 más importante, y que ella borrará las dudas a todo hombre de Dios. Lo que sabemos de esta transformación es que, cuando ocurra, será guiado por un Espíritu Divino al que nosotros reconoceremos perfectamente».

LA INICIACIÓN

Cuando Jesús cumplió los 24 años de edad, fue llamado aparte por el consejo para ser sometido a las pruebas de Iniciación. Éstas, según supe más tarde, consistía en someterse en adelante a las Leyes de Moisés y a la Voluntad del Padre (que era como llamábamos nosotros a Dios). Después, cuando el iniciado a los misterios judíos había sido probado, era encerrado en una cueva parecida a una tumba, donde se le hacía participar de los secretos de la muerte y, al cabo de 3 días y medio, era despertado. Ahora el iniciado estaba preparado para comenzar su misión, pues había viajado al Hades y había sido testigo de los mundos divinos. Desde este momento podía ser llamado con razón un «verdadero israelita».

Jesús me contó todo lo que había sentido, visto y oído durante aquellos días que estuvo con los muertos. Primero visitó la «Biblioteca espiritual viviente» según la denominó. Allí tuvo acceso a su historia pasada, a la historia de su alma antes de nacer. «Lazarillo, venimos de otras vidas, de otras encarnaciones me dijo, pero no es igual creerlo que saberlo por uno mismo. No somos lo que aparentamos, nuestra alma ha encarnado muchas veces en esta Tierra. Te puedo decir que tú y yo estamos aquí porque lo hemos elegido. Llevo muchas vidas esperando este momento; sé que mi misión está vinculada a la misión del Mesías; sé que anteriormente fui varias veces profeta y recuerdo especialmente mi vida como Zoroastro, ya que esta fue una de las vidas que estuvo especialmente ligada a la misión del Verbo Solar. Todo ha sido cuidadosamente elegido y preparado para este tiempo, tanto por mí como por los Seres Superiores. Pero ahora, durante el tiempo que he estado en el Mundo Espiritual, se me ha vuelto a permitir que vuelva a elegir entre una vida normal o el sacrificio de entregar mi cuerpo al Espíritu del Cristo. He visto acontecimientos futuros que me han hecho estremecer. Vi al Cristo humillarse hasta hacerse el más pequeño de los hombres siendo como sabemos el más grande y vi como todos los dolores y frustraciones de la Humanidad se cargaban contra él. Se me mostró la profecía del Isaías en la que se habla de un «varón de dolores». Tú, Lazarillo, has de ser quien más cerca esté de mí y del Mesías, serás siempre el que mejor nos comprenda en estos tiempos. No sé aún que ha de pasar exactamente, pero a partir de ahora debo estar atento a los designios del Padre».

Me abracé a él y le dije: la paz sea contigo, rey de Israel. El Altísimo te dé la fuerza y el valor para afrontar tu misión con resignación y valentía.

«Así sea, mi amado Lazarillo contestó , que Él te bendiga».

Muchas cosas ocurrieron durante los años que van desde la iniciación de Jesús hasta el comienzo de su misión divina. Todo el mundo hablaba del «Fin de los días» y la llegada del Mesías. Había muchas revueltas y agitación política. Por este tiempo apareció Juan el Bautista, un auténtico profeta. Todo el mundo que venía de Judea hablaba de él, su fama se extendió por toda la región. Nadie ponía en duda su autoridad. El Bautista era un gran esenio, un «verdadero israelita». Había sido iniciado en los misterios esenios y, para dar cumplimiento a su misión, se fue al desierto a proclamar la llegada del Mesías. Decía que Dios le había mandado bautizar con agua. Y en el río Jordán cumplía fielmente este mandato divino. «Yo bautizo con agua decía pero entre vosotros hay uno a quien vosotros no conocéis, viene detrás de mí y es antes que yo. A éste no soy ni siquiera digno de desatarle la correa de la sandalia».

La mayoría de nuestros hermanos habían ido a purificarse en el bautismo de Juan. Yo también fui y, después de bautizarme, me convertí en uno de sus discípulos. No todos estaban preparados para someterse a este rito, pues se decía que algunos habían perecido ahogados bajo las aguas mientras se realizaba. Todos los que seguían al Bautista sabían que el Mesías aparecería muy pronto, pues el profeta así lo proclamaba, y esperaban además, que sería señalado por Juan. Por eso todo el tiempo que Juan bautizaba, ellos esperaban a la orilla del río Jordán con el deseo de que el Mesías fuese reconocido por el profeta. El único que sabía quien albergaría al Cristo era yo, pero nunca me hubiese atrevido a desvelarlo rompiendo la promesa que hice a Jesús de guardar silencio. Nuestro grupo esenio nos había recomendado hacernos discípulos de Juan hasta el día en que apareciera el Mesías y allí estabamos ayudando a Juan en su ardua tarea de «preparar el camino del Señor».

El día esperado llegó por fin: apareció Jesús acompañado de dos hermanos esenios. Los tres iban vestidos con una túnica blanca. De repente, de entre la multitud un fariseo gritó: «Hace tiempo que esperamos al Mesías y nunca aparece, si eres tú, Juan ¿por qué no nos lo dices? Ya esta bien de espera, se dice que eres Elías, si Elías o el Mesías, sácanos ya de nuestra duda. Si eres Elías condúcenos hasta el Cristo, y si eres el Cristo, dínoslo ya, no hagas más angustiosa nuestra espera».

El Bautista le contestó: «Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: preparad el camino del Señor...».

Hubo un revuelo y se lanzaron gritos, pero Juan se hizo con la situación y sujetó a los amotinados diciéndoles: «Atrás raza de víboras, no veis que ofendéis a Dios con vuestras dudas. Presiento que su Mesías está cerca y que hoy no os iréis sin conocerle».

De repente, un trueno sonó a lo lejos y todos los que allí nos encontrábamos quedamos sobrecogidos de temor. Hubo un gran silencio y Jesús penetró en el río acompañado de los dos esenios. Uno de ellos se dirigió al Bautista y le dijo: «Te ruego de parte de nuestro gran sacerdote que bautices al elegido, al hermano Jesús de Nazareth». Y Juan respondió: «¡Que el Eterno lo bendiga!, ¡que entre en el agua sagrada!».

Los dos esenios permanecieron en la orilla del río mientras Juan interrogaba a Jesús y le decía con los ojos cerrados: «¿Por qué vienes tú a mí, cuando soy yo el que debe ser bautizado por ti?».

Jesús le contestó: «Es necesario cumplir este rito, y así es como debe ser en justicia». Después no sin titubear un poco introdujo su cabeza en el agua. Juan pronunció las palabras sagradas y mientras sujetaba su cabeza, que la mantuvo en el agua durante unos segundos. Cuando Jesús sacó la cabeza del agua, Juan parecía que se había trasladado a otra dimensión. Dio testimonio diciendo que veía al Espíritu de Dios en forma de paloma que descendía sobre Jesús y añadió: «Éste es aquel de quien os dije: detrás de mí viene uno que es antes que yo. Yo no le conocía; pero Dios me ha enviado para que Él fuese manifestado a Israel. Mi misión consiste en darle a conocer; es necesario que Él, a partir de ahora, se haga más grande, y yo más pequeño».

Según estaba mirando, pude ver que en el cuerpo de mi hermano y maestro Jesús ocurría algo especial. Al principio pensé que todos los que estaban allí podían ver lo que yo, pero más tarde, cuando pregunte a los que estaban a mi lado, me di cuenta que no: «¿Veis lo que está ocurriendo?» les pregunté. A lo cual me respondió uno de ellos: «Sí, que el profeta acaba de encontrar al Mesías».

Pero lo que yo estaba viendo era otra cosa: un ser tan brillante como el oro, un espíritu de hermosura indescriptible y de una dulzura celeste entraba por la cabeza en el cuerpo de mi amado Jesús, mientras que otro ser salía de su cuerpo y ascendía. Este trasvase, hizo que en el punto de encuentro de los dos seres se formase un dibujo que parecía una grande y bella paloma. Pensé que debía ser esto a lo que se refería el Bautista, pues nadie más a excepción de él, algunos más según supe más tarde y yo presenciamos aquella escena espiritual.

Al siguiente día nuestro maestro, Juan el Bautista, nos fue reuniendo para aconsejarnos que siguiésemos al Cristo. «Él es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo dijo. Ahora ya estoy seguro, pues el que me envió me dijo que sobre quien viera descender el Espíritu Santo, mediante el rito del bautismo, ese sería el elegido para sobrellevarlo».

Yo fui uno de los primeros en seguir al Cristo, aunque la verdad es que ya le había seguido desde que era niño, pues mi fe y mi admiración por él habían sido siempre excepcionales. Cuando le vi por primera vez, después de aquel bautismo me pareció completamente diferente. Causó en mi alma una impresión mucho más hermosa que antes. Tuve la sensación de que podía ser mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana, un amigo... incluso yo mismo. Algo cercano y familiar recorrió mis entrañas. Lo que más me impresionó fue el amor que sentí de repente invadiendo todo mi ser. La Naturaleza entera parecía dirigirse a mí con estas palabras: «Lázaro, te amamos». Y a su vez algo que no era yo mismo, quiero decir mi yo físico, respondía, sin darme tiempo a pensarlo: «Yo también os amo». De repente tuve deseos de abrazar a todo el mundo y me fui hacia Jesús y le abracé. Nunca olvidaré sus palabras que, al mismo tiempo que las pronunciaba, parecían armonizar todo mi ser: «Acabas de sentir un poco el Amor de Dios» me dijo sonriendo.

Mi curiosidad no se hizo esperar y, deseando saber qué había pasado con la memoria de Jesús, le pregunté: «¿Sigues recordando la vida como Jesús?». A lo cual me respondió: «Así es, la memoria sigue intacta». Y dándome un manotazo cariñoso en la espalda prosiguió: «No temas, amigo Lazarillo, no te he olvidado, ni como un ser ni como otro, sigo manteniendo en mi memoria todos los recuerdos humanos de Jesús; aunque también los de Cristo». Debo reconocer que esta respuesta me dejó satisfecho, pues por un momento llegué a pensar que no me reconocería en su nuevo estado.

En los días siguientes a aquel inolvidable bautizo un pequeño grupo de discípulos fuimos reuniéndonos en torno al Mesías. Pero Él nos dijo: «Ahora debo ir al desierto para ser tentado por el “príncipe de este mundo”, después me seguiréis».

Algunos habían presenciado con los ojos del alma, como yo, el descenso del ser espiritual, el Cristo, hacía el cuerpo del maestro Jesús.

La mayoría de los discípulos del Bautista todavía no estaban muy convencidos de que aquel fuese el Mesías. Muchos ni siquiera creían que había sido señalado por el profeta. Pero Juan el Bautista había dado señales inequívocas de que Jesús era el Mesías. Nosotros, los primeros discípulos que había elegido Jesús teníamos el grandísimo honor de ser los primeros en saberlo.

Jesús ahora era el Hijo de Dios, el Verbo encarnado. La Divinidad misma había descendido al cuerpo de uno de los nuestros. El nuevo Israel estaba a punto de empezar a crecer donde comenzó el primero: desde el otro lado del Jordán, donde Juan bautizaba; pero esta vez el Israel que el Hijo de Dios venía a instaurar no era el Israel material, sino el espiritual.

ELECCIÓN DE LOS 12

Cuando Jesús venció a las tentaciones del diablo, algunos de nosotros le encontramos y permanecimos con él unos días. Más tarde, cuando Juan fue encarcelado por Herodes, vino Jesús de Judea a Galilea y, fijando su residencia en Cafarnaum, eligió a los doce que, en adelante seríamos sus discípulos.

Una noche aconteció que subió a un monte para orar y allí permaneció toda la noche. Cuando llegó el día nos llamó a los doce y dijo a una gran multitud que le esperaba que aguardasen todavía mientras hablaba con nosotros, pues tenía que decirles a ellos también algo muy importante.

Al subir de nuevo al monte, Jesús nos dijo: «Muchos de vosotros ya sabéis quien soy. No es necesario que dé testimonio de mí, salvo cuando sea necesario. Todos vosotros seréis uno conmigo y yo seré uno con vosotros. He pedido al Padre para que esto sea así. Desde ahora empieza lo que más tarde llegará a ser el Reino de Dios, pero es necesario que, de momento, se mantenga en secreto y se evite decir quien es el Mesías. Sabéis por lo que nuestros hermanos esenios nos han enseñado que en los tiempos turbulentos que nos ha tocado vivir, ostentar el título de Mesías puede acarrear peligro de muerte. Ya sabéis lo que le ha pasado al profeta Juan, pues la idea que se tiene del Mesías es la de un gobernante que luchará contra los gentiles y echará a los invasores romanos del pueblo de Israel. Pensarán que, al igual que los zelotes, nosotros queremos conspirar contra el sanedrín y formar un gobierno legítimo que expulse al invasor.

»Hermanos, siguió diciendo Jesús os ruego que sustituyamos siempre que sea posible el nombre de Mesías por el de Hijo del Hombre, ya que este es uno de los títulos que se da al Mesías, pero entraña menos peligro para las autoridades y da pie a menos confusión entre nuestro pueblo. Tenemos mucho trabajo por hacer, y vosotros habéis sido elegidos para que el Reino de Dios penetre en la Tierra. Doce hombres que representáis a las doce tribus de Israel, símbolo de los 12 signos del zodiaco».

Miró a Santiago y le dijo: «Santiago, tú has nacido bajo el signo de Aries. Perteneces a la tribu de Benjamín. Tú serás el primero en recibir la nueva semilla que el Padre trae a la Tierra. No es preciso que entiendas ahora, ya entenderás después. ¡Que cada semilla que plantes se convierta en ciento por uno! Tu tiempo no consistirá en ver como crece la semilla ni en analizarla, sino únicamente en plantarla. El Padre pondrá en tu mente y en tu corazón lo que constituirá el germen del Reino. Habla a todo el que encuentres de esta nueva idea. Trabaja para que tenga éxito».

Después miró a Felipe y le dijo: «Felipe, tu signo es Tauro; eres de la Tribu de Isacar. Tú tienes el poder de hacer posible que la semilla crezca, y esa será tu tarea en toda la tierra. Es muy grande tu labor y requiere enorme paciencia porque debes terminar todo lo que haya sido comenzado para no dejar que ninguna semilla se pierda y sea arrastrada por el viento. No preguntes nada ni intentes cambiar nada, solo limítate a hacer lo que el Padre te pide que realices. Tienes el don de la fuerza. Pero la fuerza se convierte en algo destructivo si no es empleada con sabiduría. Emplea esa fuerza física y mental de una manera sabia e inteligente en hacer que esta nueva idea crezca en el alma de los que te escuchen».

A continuación miró a Mateo y le dijo: «Mateo, eres el Géminis de este grupo, perteneces a la Tribu de Leví. La comunicación está en tu mano. Utilizarás todos los medios a tu alcance para proclamar que el Reino está sembrándose en la Tierra. Habla a todo el mundo de nosotros. Dales las respuestas que andan buscando».

A Judas le dijo lo siguiente: «Tú eres Cáncer, de la Tribu de Zabulón. Habla a las familias, utiliza tu cultura para contarles que una nueva semilla espiritual viene a la Tierra. Predícales con amor, ellos te entenderán si les hablas con dulzura. Nunca utilices la violencia, aunque la injusticia te tiente».

Después le tocó el turno a Simón el Zelote, a quien le dijo: «Tu signo es Leo y tu Tribu Judá. Tus palabras calmarán todas las dudas que quienes te escuchen puedan tener acerca del Reino de Dios. Háblales con convicción, desde el corazón y te aseguro que ninguna conciencia podrá resistir el ardor de la semilla divina. A través de ti y de tus palabras verán y creerán en la creación que Dios se dispone a realizar a través nuestro».

A continuación se dirigió a Tomás y le dijo: «Tomás, eres del signo de Virgo, de la Tribu de Aser. Tu juicio analítico te permitirá señalar sus errores a las multitudes que se acerquen a nosotros. Les revelarás dónde han errado y qué deben rectificar para poder entrar en el mundo nuevo. Pero para hacerlo debes practicar tú mismo la pureza de pensamiento».

Luego habló a Bartolomé: «Tu signo es Libra, Bartolomé, y perteneces a la Tribu de Dan. Serás un pacificador; traerás armonía allí donde exista la discordia. Les dirás a los que te escuchen que es preciso crear la Paz a nuestro alrededor para poder ser un hijo de Dios. Les enseñarás que es preciso cultivar una naturaleza pacífica para poder acercarse al Mundo Espiritual. La discordia y la violencia no son válidas en el Reino de Dios».

Después dijo a Judas Alfeo: «Siendo tú del signo de Escorpio y de la Tribu de Gad, te encomiendo la tarea de ver los defectos de los demás; pero a menudo verás tantos defectos en el hombre que te parecerá un animal y sentirás la tentación de exterminarlo. Evita caer en esa tentación y ámalo, porque tú también tienes defectos. Procura convertir tus malos hábitos y tus bajos instintos en hábitos y pensamientos elevados y así tus hermanos cambiarán también los suyos. Ama a todos los que se acerquen a nosotros y señálales la forma de cambiar su naturaleza pervertida».

A Santiago (el menor) se dirigió de esta manera: «Tu Tribu es la de José y tu signo Sagitario. Santiago, enseña a los que te escuchen que el Reino de Dios no es un reino de tristeza y desconsuelo, sino de alegría y regocijo. Infunde en los corazones la esperanza y el consuelo. Diles que la Buena Nueva que les traemos es que las tinieblas, la tristeza, la amargura y la desesperación han terminado para todo aquel que reciba en su corazón la nueva semilla».

Luego le dijo a Pedro: «Neftalí es tu Tribu y Capricornio tu signo. En el mar estaba tu oficio y en pescar consistía tu trabajo; pero yo te haré un pescador de hombres. Echarás tus redes ahí donde Dios te diga que hay que hacerlo. Saca a los hombres de su reino pasajero y llévalos a este otro reino eterno que vamos a instaurar en la Tierra. Tu tarea consiste en poner la base del Reino Espiritual y trabajar para él. Enseña también a trabajar para este Reino a los que vengan a nosotros».

Después dijo a Andrés: «Tu signo es Acuario y perteneces a la Tribu de Rubén. Tendrás una clara visión de lo que será el futuro Reino de Dios; de esta manera podrás mostrárselo a los hombres. Enséñales que es la verdad la que hace libres a los hombres y no las guerras ni las riquezas de este mundo; y también que nuestro mensaje anuncia el fin de la esclavitud para todos los que quieran entrar en él».

Y por último me tocó el turno a mí, y me dijo: «Mi amado Lázaro, tú eres el Piscis de la Tribu de Efraín y Manases. Serás el primero en conocer y entender la obra de Dios. En tu corazón sentirás la pena de todos los hombres y tu compasión hacia ellos será la compasión de Dios. Diles que su dolor no es debido a que Dios se haya olvidado de ellos, sino en una mala comprensión de la Idea Divina. Tu tarea es difícil y por eso se te permitirá ser el primero en entrar y contemplar el Mundo Espiritual».

Después de hablar con cada uno de nosotros y decirnos cual era nuestra misión dentro del grupo, se dirigió a todos y nos dijo: «Amados discípulos, lo que os acabo de decir a cada uno de vosotros es también la misión de todos, pues todos lleváis dentro de vosotros un poco de la esencia de los 12. La obra que empezamos es la más grande que Dios jamás ha concebido sobre la Tierra. Mi trabajo consiste en continuar lo que Moisés no pudo: que Dios sea venerado en toda la faz de la Tierra como el Dios del Amor, y los corazones le reconozcan como único Padre. El Alma quedará liberada de todos los poderes de Satán y el Reino de los cielos será de nuevo restaurado, donde no existirá nunca más la muerte ni el dolor ni la enfermedad, sino la dicha y el amor que solo puede existir en el Mundo Divino. A vosotros os hablaré desde ahora claramente, pero los demás recibirán mis ense-ñanzas por parábolas. Vosotros habéis sido elegidos porque habéis recorrido un largo camino para llegar aquí, por eso el Padre ha tenido a bien concedeos el gran privilegio de estar presentes junto a mí en este gran día. Muchos desearon ver este día y no lo vieron y oír lo que vosotros oiréis y no lo oirán. Sólo a vosotros os ha sido otorgada esta dicha. Desde este momento el Reino de Dios será predicado en todo Israel. De momento, vendréis conmigo por la tierras de Cafarnaum y los alrededores. Cuando llegue la hora os enviaré a predicar cada uno en la parte de tierra que le corresponda. Vamos abajo, el pueblo espera».

LAS BIENAVENTURANZAS

Bajamos del monte y el Mesías se detuvo en un rellano y habló a la muchedumbre que se había concentrado allí para oírle:

«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque suyo es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Biena-venturados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán hartos.

»Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque suyo es el Reino de los cielos.

»Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y con mentira digan contra vosotros todo género de mal por mí.

»Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa, pues así persiguieron a los profetas que hubo antes de vosotros.

»Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian. Al que te hiera en la mejilla, ofrécele la otra. Tratad a los hombres de la manera que queréis ser tratados por ellos. si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? Porque los pecadores aman también a los que los aman. Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué gracia tendréis? También los pecadores hacen lo mismo. Los pecadores buscan recompensa o favor cuando hacen todas estas cosas. No hagáis vosotros lo mismo. Sed de esta forma de ser sin hipocresía. Haced bien porque vuestro corazón lo quiera, sin esperar recompensa, y yo os digo que ésta será mucho más grande. Además seréis considerados hijos del Altísimo. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; absolved y seréis absueltos. Dad y se os dará. La medida que uséis con el prójimo esa se usará con vosotros...».

Estuvo hablando a los allí congregados muchas horas y para concluir les dijo: «Todo el que viene a mí y oye mis palabras es semejante al hombre que pone sus cimientos sobre la roca, de tal forma que si sobreviene una inundación o un terremoto no pueden moverla porque está bien edificada. El que oye mis palabras y no las cumple se parece al hombre que edifica su casa sobre la arena sin cimentar, la cual, al chocar el agua contra ella o producirse el terremoto, se cae y viene a ser grande la ruina de aquella casa».

Este discurso de Cristo fue muy importante, pues se congregaron en aquel lugar personas de todo Israel, principalmente esenios, ya que su fama se había extendido con mayor celeridad en este grupo, aunque también vinieron a escucharle fariseos, saduceos y curiosos de toda la nación. Muchos de éstos eran enfermos que venían a que el Mesías les curase de sus enfermedades según las promesas de los profetas. Se armó un gran alboroto y la confusión se adueñó del lugar, dando pie a que apareciese la guardia romana para poner orden. Fuimos dispersados a la fuerza y después nos dirigimos a Cafarnaum. Muchos, cuando los guardias se hubieron marchado, nos dieron alcance y decían a gritos: «Jesús, hijo de David, líbranos de nuestros males».

A la puesta de sol, nos llamó a los doce y nos impuso las manos pronunciando esta oración: «Padre, entrega a éstos el poder que a mí me has dado para curar a los enfermos y expulsar a los espíritus inmundos». Después dijo a los enfermos que se pusieran en fila y, junto con Él, impusimos las manos a todos. Algunos pronunciaban gritos al ser librados de sus malos espíritus y otros daban alabanzas a Dios por haberlos curado de sus enfermedades. Más tarde, los trece nos reunimos para la cena en casa de Pedro.

Allí las mujeres nos prepararon una deliciosa cena. Y Jesús actuó como correspondía al Mesías: bendijo los alimentos y las primicias del pan y del mosto. Después de comer nos congregamos en torno al maestro y nos dijo: «Esto que habéis oído hoy debe ser lo primero que digáis al pueblo. Nadie que desee entrar en el mundo venidero pasará por alto estas cosas. Debéis hacer que la Ley penetre en vuestros corazones y no seguir sólo la letra. Pero os explicaré sólo a vosotros el significado de las parábolas y los discursos velados que dirigimos al pueblo, pues ya os dije que a vosotros os hablaré claramente del Reino de Dios. El estado de bienaventuranza no se alcanza fácilmente y, de cierto os digo, que casi todos vosotros ya lo habéis alcanzado. La primera dicha es llegar a ser pobre en espíritu, porque permite que nuestra alma sea alimentada en cualquier momento. Si sois ricos en espíritu no necesitáis alimento espiritual, y vuestra alma no podrá recibir el alimento nuevo que el Padre, constantemente, trae a la Tie-rra. El que cree que es rico, imagina que lo sabe todo y que de nada nuevo tiene necesidad, éste llega a ser como un charco que no admite más agua, y la que tiene se corrompe. Vosotros sois pobres en espíritu porque estáis abiertos a la Buena Nueva y recibís la enseñanza de Dios con amor y alegría. De cierto os digo que vuestra pobreza os llevará a percibir el Mundo Espiritual.

»La segunda dicha es alcanzar la mansedumbre. Ser manso es cortar nuestros lazos con las obras de los impíos, es perdonar nuestras deudas y no revolvernos contra los que nos hagan mal. La Justicia de Dios pone cada cosa en su sitio. Ser manso es dejar a Dios juzgar, porque podría ser que aquel mal que nos hacen se lo hayamos hecho nosotros primero. Si somos mansos, no adquirimos deudas que después hemos de pagar. La mansedumbre permite liquidar las deudas con todos para heredar una Tierra en la que no se nos pueda exigir nada. En el mundo que viene es necesario ser manso y actuar de acuerdo a la Voluntad de Dios para no contraer deudas con nadie.

»La tercera dicha es comprender que lo que ahora nos hace llorar acabará pronto, pues ya nadie podrá provocar nuestro llanto porque a nadie deberemos nada. Entonces vendrá la consolación; pero la consolación también se produce cuando uno llora, porque los ángeles siempre están consolando a los hijos de Dios que sufren.

»¿Por qué son dichosos los que tienen hambre y sed de justicia? Porque serán hartos; pero hartos de Justicia Divina. La Justicia Divina siempre actúa con sabiduría. Acordaos del rey Salomón cuando se presentaron ante él dos mujeres con un niño que decían las dos que era suyo. Cuando él se dispuso a cortar al niño por la mitad para dar a cada una su parte (puesto que una de las dos contaba una mentira), entonces apareció la verdadera madre, pues le delató su amor por el pequeño, y pidió al rey que, por favor, diera el niño a la otra mujer. Por este gesto de amor maternal supo Salomón que ella era la madre. Así actúa la Justicia de Dios y esa es la justicia que debe practicar todo el que aspire a ser ciudadano del nuevo mundo. No debéis desear que se imparta vuestra justicia, porque vuestra justicia es parcial y subjetiva, mas debéis desear la Justicia Divina, que es imparcial y objetiva. En cuanto a que vuestra felicidad se deba también a vuestra misericordia es porque, siendo así, os acercáis a la Misericordia Divina, la cual hace que el Sol salga para justos e injustos. La misericordia no ha de tener en cuenta lo malo que nos hayan podido hacer los demás. Debemos estar dispuestos a perdonar así como el Padre está dispuesto siempre a perdonarnos nuestras faltas, porque nadie es tan perfecto que no cometa ninguna falta. Ser misericordioso es una perfecta forma de ser, porque la Tierra se limpia de sentimientos de odio y de venganza, sentimientos que no tienen cabida en el nuevo Reino, y siendo misericordiosos dejareis que la misericordia de Dios se derrame sobre vosotros. Y ¿qué he de deciros sobre los de limpio corazón? Ya habéis oído que conté a los que me escucharon en el monte que ellos verán a Dios. Así será de hecho. El que se alimente con la nueva comida, la comida espiritual que yo os doy, llegará a purificarse, dejará de hacer el mal y trabajar en contra de la Ley de Dios para, poco a poco, convertirse en uno de sus obreros. Esta nueva comida hará que se os abran los ojos al Mundo Espiritual y descubriréis que es el verdadero mundo, allí podréis contemplar el rostro de Dios.

»Los pacificadores serán llamados hijos de Dios. Antes de ser un buen pacificador hay que conseguir que la paz se instale en nuestro interior. Nadie puede traer la paz si él mismo no tiene paz. ¿Por qué se produce la guerra dentro de vosotros? Porque hay ideas y sentimientos que provienen del maligno e ideas y sentimientos que provienen de Dios. También hay ideas viejas e ideas nuevas. Las ideas nuevas luchan contra las viejas y las viejas contra las nuevas dentro de vosotros, unos sentimientos se oponen a otros y vuestra voluntad queda dominada por los vencedores. Día llegará en que vuestra voluntad sea semejante a la Voluntad del Padre, y actúe al unísono con ella. Esto será posible cuando la semilla que estamos sembrando expulse definitivamente a las huestes de Satanás de vuestro interior. Entonces llegaréis a la dicha de ser un auténtico pacificador y seréis llamados hijos de Dios, pues no quedará ninguna parte de tinieblas en vosotros. Esto lo conseguiréis si coméis mi comida y bebéis mi bebida.

»El Reino de los cielos será vuestro si sois perseguidos por la justicia de los hombres, pues vosotros tenéis una justicia mayor, que es la Divina. Y si os sometéis a ésta, os perseguirá la otra; pero el hecho de someteros a la Justicia Divina significa que habéis comprendido que la justicia humana puede contener injusticia si se opone a la Ley de Dios, y vosotros ya no pertenecéis al mundo, sino al Reino de los cielos, donde impera la Justicia de Dios.

»Si os persiguen por mi causa, entended que el Padre y yo somos uno y que mi justicia es la suya.

»Cuando hayáis llegado a alcanzar estos estados de bienaventuranza estaréis preparados para vivir en el mundo nuevo. Y, de cierto os digo, que la mayoría de vosotros ya lo habéis alcanzado. Por eso os he elegido. ¡La paz sea con vosotros!».

Aquellas palabras de Cristo nos llenó de júbilo y nos animó por muchos días.

Después de estas cosas, Jesús recorrió todas las ciudades y aldeas de alrededor predicando, en las sinagogas y allí donde se lo pedían, el Evangelio del Reino. Los doce y algunas mujeres que Jesús había elegido para cumplir la obra de Dios, le seguíamos de cerca. Detrás venía siempre una gran multitud de todas las ciudades y aldeas de Israel.

UNA DOCTRINA SECRETA

Se extendió su fama por toda Judea y la región de alrededor y los discípulos de Juan el Bautista le dieron nuevas de todas estas cosas. Entonces Juan, desde la cárcel, mandó a dos discípulos a Galilea para preguntarle si Él era el único Mesías que había de venir o esperábamos a otro.

Cuando los discípulos de Juan llegaron a Jesús le dijeron: «El Bautista nos ha enviado a ti para preguntarte: ¿Eres tú el único que ha de venir o esperamos todavía a otro?». Jesús les respondió: «Id y decid a Juan lo que vosotros habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el Evangelio. Y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí.

»De cierto os digo que dos Mesías vienen: uno sacerdote y otro rey, y cada uno tendrá su tiempo; pero los dos serán un solo espíritu».

Cuando se fueron los discípulos de Juan, Jesús comenzó a decir a la gente: «¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto con vestiduras delicadas? He aquí los que llevan vestiduras delicadas en las casas de los reyes están. Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo y más que profeta, porque éste es de quien está escrito: “He aquí yo envío mi mensajero delante de tu faz. El cual preparará tu camino delante de ti”.

»De cierto os digo: Entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el Reino de los cielos, mayor es que él.

»Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Porque todos los profetas y la Ley profetizaron hasta Juan.

»Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de venir. El que tenga oídos para oír que oiga».

Aquella revelación nos sorprendió a muchos, pues el Bautista nunca había confesado ser Elías, aunque mucha gente del pueblo lo creía firmemente. Otros pensaban que Juan era el Mesías, sobre todo muchos de sus seguidores, que no le habían escuchado cuando vio los cielos abiertos y reconoció a Jesús como Mesías, el Hijo de Dios. No se resignaban a pensar que su maestro era inferior que Jesús y que cualquiera que alcanzase el Reino de Dios. Y esto a pesar de haberlo reconocido el propio Juan. Éstos aprovechaban cualquier ocasión para llamarnos impostores y causarnos molestias; y Jesús siempre les apaciguaba diciéndoles: «¿Creéis que Juan y los verdaderos esenios apoyarían vuestra actitud? Id y preguntadle, pues el ha dado testimonio de mí; pero recordad siempre que Dios es amor. No os dejéis dominar por el odio ni por ambiciones de poder, pues el reino de los cielos no funciona según las reglas de los hombres, sino que el quien quiera hacerse mayor y tener más poder, será el menor y tendrá menos poder».

Al día siguiente nos reunió a los doce y a las mujeres aparte para enseñarnos una doctrina. Nos preguntó si habíamos reconocido a Juan como el profeta Elías. Pedro respondió: «Señor, algo sospechábamos, pero como no conocíamos el rostro de Elías, no estábamos seguros».

Jesús le dijo: «No es necesario conocer el rostro, pues el rostro pertenece al cuerpo y el cuerpo está sometido a la muerte y a la putrefacción, pero el espíritu habita muchos cuerpos. A vosotros, que sois mis más fieles discípulos, os diré que el espíritu se perfecciona mediante sucesivas encarnaciones. Sí, es cierto lo que dicen los sacerdotes griegos, la reencarnación es un hecho. El espíritu, al morir, vuelve al mundo de donde vino y, después de un periodo de tiempo retorna a la tierra y nace en otro cuerpo. Muchas enfermedades y males del hombre se deben a que han pecado en sus anteriores existencias con otros cuerpos. Una vida es la consecuencia de otra vida anterior. Aunque cada una de ellas tiene un destino especial, hay un vínculo que las une y que está regido por una ley Divina. Algunos la llaman Ley de Causa y Efecto, Nuestros maestros hebreos la llamaron desde el principio Ley del Talión. Y así es como, de forma velada, ha llegado ha conocerse entre nosotros, pero tened presente que no es una ley humana sino Divina. Nadie escapa a esta ley, y ella misma sirve para alcanzar la perfección. Las injusticias aparentes del destino, las desgracias y todo tipo de males; así como las riquezas, los golpes de suerte y la buena fortuna, quedan explicadas por esta ley, que rige en el hombre de una vida a la siguiente. Una vida criminal engendra una vida de expiación; una vida haciendo el bien, una buena misión. Aprender de nuestros errores y enmendarlos es lo mejor que podemos hacer para avanzar. El propósito de esta ley no es el castigo sino el aprendizaje. Esta revelación que hoy re-cibís sólo la conocen los iniciados esenios, aquellos que han pasado las duras pruebas y han sido hallados dignos de conocer los misterios divinos. Sobre ella hacen voto de silencio, pues por el momento no es conveniente que sea divulgada, porque no sería bien entendida por nadie que no haya avanzado lo suficiente en los misterios Divinos, y muchos de los que nos oyen dejarían de hacerlo por creer que les anunciamos una religión diferente a la de nuestros antepasados y más cercana a la de los gentiles; pero vosotros sí sois dignos de estos conocimientos, porque todo el que venga al Reino del Padre debe conocerlos. Día llegará en que se hable de ella en todos los confines de la Tierra, pues, según dijo Isaías: “El conocimiento del Señor llenará la Tierra como las aguas cubren el mar”. Vosotros ya la conocéis, pero no debéis hablar abiertamente de ella».

Le dijo Tomás. «¿Maestro, esa es entonces la resurrección de la que hablan nuestros lideres religiosos?».

Jesús respondió: «Esa es, en parte, pero no es la verdadera resurrección. La resurrección no ocurre en un cuerpo físico sujeto a las leyes de este mundo, sino que este cuerpo debe morir para que el otro cuerpo puede venir a la existencia. Debe ocurrir una transformación. No, Tomás, no es lo mismo. Para que todos vosotros podáis resucitar, debe primero morir y resucitar el Hijo del Hombre. Todos vosotros, por ser descendientes de Adán, lleváis dentro el germen del cuerpo corruptible, el cual debe morir una y otra vez. Esto hubiera seguido así indefinidamente de no producirse el nacimiento del cuerpo incorruptible o cuerpo de gloria, en el cual el que habla con vosotros debe resucitar. Éste cuerpo de gloria ha de reemplazar al cuerpo corruptible y, en verdad os digo que todos los que se unan a mí harán crecer dentro de ellos este cuerpo espiritual, el cual irá desarrollándose hasta alcanzar la plenitud».

Pedro dijo: «Maestro ¿Dices que has de morir? Me causas una profunda tristeza».

Y Jesús respondió: «No estés triste, Pedro, pues también dije que resucitaré y créeme. No hay mayor gloria que ésta. Pues debido a ello todos los hombres volverán a su verdadera naturaleza, la naturaleza que hubo de tener de no haberse producido la caída».

Santiago le preguntó: «Señor; si Dios es todopoderoso ¿por qué permitió que el hombre cayese?, ¿por qué no evitó este mal desde el principio?».

Jesús respondió: «Santiago, sólo se puede hablar así desde lo limitado. Vuestro espíritu conoce la Verdad y sabe que Dios, en su infinito amor por la Humanidad, ha dotado al hombre de libre albedrío. Pero, aunque le permitió, debido a su ignorancia, caer, también le preparó un redentor desde ese mismo momento, un Mesías, el cual ha descendido, en su rescate, tan bajo como el hombre ha sido capaz de llegar. Dios ha permitido la caída, sí, pero el mal que ella ha producido lo transformará en bien a través del Hijo del Hombre. El descenso a la materia ha producido males, pero os ha permitido alcanzar la libertad a través de la conciencia de vuestro Yo. Y esta conquista la llevaréis con vosotros al nuevo mundo. De no haber sido así nunca hubierais sido realmente libres, pues vuestra conciencia hubiera sido la conciencia que tienen los hijos de Abraham, una conciencia grupal, y no individual como es ahora. Cuando volváis a nacer seréis de la Conciencia Una, pero conservaréis la individual».

Le preguntó Simón el zelote: «Has dicho que has de morir y nacer de nuevo. Esto no puedo entenderlo. El cuerpo nace de una madre. Acaso tú volverás al vientre de tu madre para volver a nacer o hablas de la resurrección de la que nos hablan los profetas, aquella en la que los huesos volverán a cubrirse otra vez de carne».

Le contestó Jesús: «Simón, tu pregunta es semejante a la de Nicodemo el fariseo. Ya os he dicho que el cuerpo que ha de resucitar no es de carne sino espiritual. Los profetas hablan de lo mismo; pero muchos creyeron que hablaban del mismo cuerpo carnal. Entended que lo que nace de la carne no puede ser otra cosa que carne; pero lo que nace del espíritu, es espíritu. Observad el viento: sopla de donde quiere y oís su sonido, más de dónde viene y adónde va no podéis saberlo. Así es todo aquel que nace del espíritu. Lo que es espiritual sólo se puede ver con los ojos espirituales, y lo que es material, con los ojos físicos, igual que no veis el viento, aunque sí podéis notarlo. Asimismo lo espiritual no lo veis, pero podéis discernirlo y ver los efectos que produce en el mundo material, de la misma forma que podéis apreciar los efectos que produce el viento en este mundo.

»Si miráis a vuestro alrededor, ¿qué veis?, ¿un mundo físico? De cierto os digo que para ver el Mundo Espiritual necesitáis nacer de nuevo».

Le dijo Marta. «Maestro, enséñanos lo que hay que hacer para aprender a nacer de nuevo».

Contestó Jesús y le dijo: «El espíritu que habéis recibido del Padre ya está dentro vosotros. Ahora tenéis que cultivarlo. Para nacer del espíritu primero debéis desear con todo vuestro corazón que éste, que ya está dentro de vosotros, os gobierne. Cuando vuestro deseo sea tan puro e inalterable como el oro, entonces seréis gobernados completamente por él y haréis las cosas que él os ordene (que siempre serán las que más os conviene), se os abrirán los ojos del alma y naceréis del espíritu. Antes de producirse este nacimiento tenéis que conseguir que vuestra voluntad sea idéntica a la Voluntad del Padre. Pero mientras permanecéis en vuestra ceguera espiritual, es necesario que creáis en aquellos que os rinden testimonio del Mundo Espiritual. Creed en mí, pues yo os doy un fiel testimonio de lo que hay más allá. Mi testimonio es verdadero porque no hablo por mi propia cuenta, sino que lo que vi y oí del Padre eso mismo os cuento. El que viene de arriba es sobre todos, pues posee el conocimiento que a los demás le esta velado. Y yo vengo de arriba. Vuestra fe en mí os guiará hacia el nuevo nacimiento y permitirá que se os abran los ojos espirituales. Si creéis en Dios, creed en mí, porque Dios ha enviado a su Hijo para que el mundo sea salvo por él. Nadie puede venir al Padre si no cree en mí, porque el Padre ha enviado a su Hijo al mundo para ser luz del mundo. No creer en mí significa creer en las tinieblas, porque la luz de Dios se manifiesta en el mundo a través de su Hijo. De cierto os digo que todo el que cree en mí podrá nacer del espíritu y obtener la vida eterna».

Le preguntó Judas el Iscariote: «¿Por qué dijiste a los mensajeros de Juan que habría dos Mesías? ¿No serás tú el que expulse al invasor de nuestra tierra y reine en el nuevo Israel?».

Esto lo preguntaba porque era simpatizante de la secta de los zelotes, los cuales eran partidarios de expulsar por la fuerza a los romanos. Muchos integrantes de esta secta, igual que muchos ciudadanos de Israel, creían que vendrían dos Mesías: uno ejercería de sacerdote y otro de rey.

Jesús le respondió: «Sí, Judas, yo seré el que reine en el nuevo mundo, y oficiaré de sacerdote y de rey, pero antes debo padecer a manos de los impíos, pues es necesario que se cumpla la profecía de Isaías. Y sólo cuando haya vencido a nuestra mayor enemiga, la muerte, y os haya trazado el camino hacia el Padre, os dejaré un poco de tiempo y después volveré a vosotros con poder y gran gloria, la cual ya nadie me la podrá arrebatar. No que alguien pueda, sino que el Padre, como parte de su Plan, permite que ocurra esta hora oscura por el amor que tiene al mundo, pues de tal manera le ama que entrega a su Hijo unigénito para que todo aquel que crea en él no venga a perdición sino que alcance la vida eterna.

«Ahora sabéis algunas cosas que el resto de los hombres ignora. Ya estáis preparados para predicar el Reino de Dios en todo Israel, pues no hay tiempo que perder, la mies es mucha más los obreros pocos. A partir de mañana quiero que nos separemos por tres meses. Dividid la tierra de Israel entre vosotros e id a predicar a todas la ciudades. Lázaro, tu vendrás conmigo a la tierra de Judea. Los demás no vayáis, de momento, a los gentiles ni a los samaritanos, buscad primero a las ovejas perdidas de la Casa de Israel y en vuestro camino decid: El Reino de Dios se acerca a vosotros. Curad a los enfermos, arrojad a los demonios, limpiad a los leprosos. No cobréis por ello, pues así como lo recibís gratis, dadlo también gratis. No penséis en el vestido ni en el alimento; vuestro Padre no os dejará sin ellos. Cuando entréis en una ciudad, informaos de quien hay en ella digno, buscad a vuestros hermanos esenios, ellos tienen el deber de hospedaros. Si no os acogiesen en alguna casa o ciudad, salid de allí y buscad otra casa u otra ciudad. Amados, hemos de separarnos por un tiempo. Dentro de tres meses nos encontraremos en Cafarnaum. ¡La paz sea con vosotros!».

Y diciendo esto se retiro a descansar.

LAS PRIMERAS SEMILLAS

Ir junto a Jesús me parecía una idea fantástica y todo más fácil. Pensaba que todos entenderían enseguida nuestra misión y se unirían a nosotros; pero no fue así. Nuestras prédicas apenas tenían eco, igual que las prédicas de los otros once. La mayoría se burlaba de nosotros; otros nos acusaban de blasfemos y nos escupían al pasar por nuestro lado. Fueron tres meses muy duros en los que muy pocos adeptos se unieron a nosotros. Pero estas pruebas nos sirvieron para abrirnos los ojos y tener conocimiento de la ardua tarea a la que nos estabamos enfrentando. Es cierto que la mayoría de los hermanos esenios se apiadaban de nosotros y nos procuraban alimento y un sitio donde dormir; pero a muchos les daba miedo nuestro atrevimiento. Anunciar que el Reino de Dios llegaba a la Tierra a través del Hijo del Hombre les parecía una hermosa idea que no terminaban de creerse.

Al siguiente día cada uno de los doce y también las mujeres partimos hacia la misión que Jesús nos había encomendado. Él y yo nos pusimos rumbo a Jerusalén. Por ese tiempo se celebraba una fiesta de los judíos. Atravesamos Samaria y llegamos a mi casa en Betania. Marta y María salieron a recibirnos llenas de alegría y cocinaron para nosotros una sabrosa comida. Después de cenar, Jesús me contó que yo habría de morir de forma simbólica para resucitar al Nuevo Mundo. Me dijo: «Lázaro, tu iniciación está cercana. A ti te he elegido de entre los doce para que seas el primero en entrar en el Reino de Dios. Juan el Bautista es el último y más grande profeta que ha dado la Humanidad; pero todos los profetas que hablaban del este nuevo Reino fueron hasta Juan. A partir de aquí el Reino de Dios baja a la Tierra. Los profetas de la antigüedad recibían la iniciación en los templos. En adelante los que crean en mí podrán recibirla en cualquier lugar, pues el verdadero templo es el cuerpo. La iniciación dejará de ser un secreto reservado sólo a unos pocos elegidos, ya que cualquiera que crea en mí, podrá recibirla. Tú, Lázaro, serás el puente que une la iniciación antigua con la iniciación moderna, la cual será otorgada por el Padre. Tú, Lázaro, has sido el primero en creer en mí».

Le pregunté: «¿Qué tengo que hacer para recibirla?».

Y Jesús respondió: «Cuando llegue la hora lo sabrás con detalle. Es necesario proceder de la misma forma en la que lo hacían los antiguos: te mantendré durante tres días y medio en estado semejante a los muertos, pasados los cuales, el Reino de los cielos bajará a ti y podrás verlo a voluntad como ves el mundo de la carne».

Le dije: «Señor, a veces puedo ver el mundo de los espíritus. Cuando descendiste al cuerpo de Jesús, a través del bautismo de Juan, pude ver lo que ocurrió».

Y Jesús contestó: «De cierto, de cierto te digo, amado Lázaro, que tú ser ha sobrepasado a los profetas. En una encarnación anterior fuiste uno de ellos y alcanzaste la iniciación antigua. Ahora estás preparado para alcanzar el Reino de los cielos, pues dentro de ti ya está la semilla madura para florecer».

Le dije: «Maestro, ¿puedo saber qué profeta fui?».

Y Jesús respondió y me dijo: «No es importante ahora, amado Lázaro, pero cuando recibas la iniciación lo sabrás».

Me quedé un momento callado, y Marta, mi hermana, que siempre estaba escuchando (pues le encantaba oír a Jesús) le preguntó: «¿Puedes de-cirme quién he sido yo en otra vida?».

Y Jesús le contestó: «Puedo, pero no es conveniente aún para ti saberlo. Créeme, día llegará en que lo sabrás. El saberlo ahora podría impedirte realizar la obra de Dios. Sigue amando y escuchando así. Eso es más importante. Por lo pronto, no divulgues esta doctrina, ya que los iniciados la esconden del pueblo con verdadero celo».

Me miró y dijo: «Lázaro, es importante tu misión. Ten en cuenta que revelaremos a todos los hombres los secretos que, por siglos, han pertenecido sólo a unos pocos escogidos. Esto nos traerá bastantes problemas, pues los que han tenido en posesión exclusiva los secretos del despertar espiritual se negarán a divulgarlos para que cualquier persona pueda aprenderlos. Debo preguntarte una cosa ¿Estás dispuesto a ser iniciado por mí y recibir todos los beneficios del Reino de Dios aun a riesgo de tu vida?».

Le iba a contestar y me dijo: «Medita bien tu respuesta. Elige tranquilamente a voluntad, no sea que luego te arrepientas. Respóndeme mañana».

Pero yo le dije: «Señor, mi respuesta siempre ha estado clara: cualquier cosa que me pida el Hijo del Hombre, lo haré. No necesito esperar a mañana, sé que para esto he venido al mundo, ¿cómo puedo negarme a tan honrada misión? Mi respuesta es sí».

Jesús repuso: «No te arrepentirás y muy pronto verás la gloria de Dios que ha traído tu elección».

Al día siguiente partimos hacia Jerusalén, pues Jesús decía que durante la fiesta habría mucha gente y era una buena ocasión para esparcir la semilla del Reino. Antes de llegar se produjo un tumulto entre los judíos. Insultaban a Pilatos porque con el dinero sagrado había creado un acueducto con el que no estaban de acuerdo. De repente, sin saber por qué, muchos de ellos sacaron porras y golpearon a los otros fuertemente. Como pudimos, pasamos entre ellos librándonos de los golpes, aunque muchos ciudadanos que no sabían nada de esto y pasaban casualmente por allí también recibieron porrazos. Después nos enteramos que Pilatos había mandado a su ejército vestirse con el mismo atuendo que los judíos y esconderse las porras bajo la vestimenta.

Ese día nos dirigimos a casa de Simón, un esenio que vivía en Jerusalén. Éste nos pregunto si nos quedaríamos a comer o pensábamos estar durante todas las fiestas. Jesús le dijo: «Simón, hemos venido a esparcir la semilla del Reino de Dios. Espero contar contigo para cuánto necesitemos de ti».

Simón contestó: «Mi casa está a vuestra disposición y, mientras estéis en Jerusalén no permitiré que pernoctéis en ningún otro sitio. Desde ahora esta es vuestra casa.

Mientras su mujer y sus dos hijas nos ofrecían algo de comer, Jesús le dijo: «¿Qué hay acerca del Bautista? He oído que lo tiene preso Herodes en Maqueronte. ¿Se sabe algo de él?».

Contestó Simón y le dijo: «Corren rumores de que ha sido asesinado; pero aún nadie se atreve a confirmarlo. Dicen que la raposa7 le ha dado muerte porque tenía miedo a que hubiese un levantamiento popular, pues estaba seguro que las masas harían cualquier cosa si Juan se lo pedía. Uno de nuestros maestros: José el hijo de Juan tuvo un sueño. Soñó y vio como la cabeza del Bautista era ofrecida en una bandeja a Salomé después que hubo ésta bailado para Herodes. Más tarde, en el sueño, Herodes perseguía al Hijo del Hombre diciendo que era la reencarnación de Juan el Bautista. Ten cuidado, Jesús, no te dejes ver en lugares públicos. Habla al pueblo, pero no les digas abiertamente quién eres».

Le dijo Jesús: «No temas, Simón, aún no ha llegado mi hora, cuando llegue, vosotros seréis los primeros en saberlo».

Esa día nos quedamos en casa de Simón. Por la tarde acudieron en secreto muchos esenios que habían oído que Jesús estaba en Jerusalén, en casa de Simón. Jesús les habló acerca del Reino de Dios hasta que llegó la noche. Y ninguno se cansaba de escucharle. Pero al caer la noche tuvieron que partir a sus casas. Mientras se iban se decían unos a otros: «¿No os parecía como si el tiempo se hubiera detenido y todo nuestro interior estuviera iluminado mientras hablaba...?». En verdad así era siempre con Cristo. Cada vez que enseñaba o nos hablaba era como una luz que paraba el tiempo y disolvía las tinieblas en nuestro interior. Con Él a tu lado te sentías seguro y en paz. Ninguna duda albergaban los hijos de la luz, al verlo y oírlo hablar, de que Él era el Verbo, el Hijo de Dios.

Al día siguiente era día de reposo y nos dirigimos a la piscina que en hebreo se llama Betzata. Había allí una multitud de enfermos, ciegos, mancos y cojos que esperaban el movimiento del agua, porque se decía que un ángel del Señor descendía cada cierto tiempo en la piscina y agitaba el agua. El primero que bajaba a la piscina después de la agitación quedaba sano de cualquier enfermedad que padeciese. Había allí un hombre que llevaba 38 años enfermo; Jesús le vio acostado y, sabiendo que llevaba ya mucho tiempo y que su fe era grande, le dijo: «¿Quieres ser curado?». Respondió el enfermo: «Señor, no tengo a nadie que al moverse el agua me meta en la piscina, y mientras yo voy, baja otro antes de mí». Jesús le dijo: «Levántate, toma tu camilla y anda». Al instante quedó el hombre sano y tomó su camilla y se fue. Pero, mientras iba con su camilla, se topó con un grupo de judíos que le dijeron: «¿No sabes que hoy es día de reposo?, ¿cómo te atreves a llevar tu camilla?». Entonces él respondió: «El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu camilla y anda».

Entonces le preguntaron: «¿Quién te dijo semejante cosa, atreviéndose a desafiar la ley de Moisés?».

Y el que había sido sanado no sabía quién fue, pues miró intentando buscarle, pero no pudo porque Jesús se había apartado de la gente que se encontraba en aquel lugar. Entonces los judíos le quitaron la camilla y le dijeron que fuera al templo a pedir perdón por la ofensa que había causado a Dios.

Fue al templo, según le habían ordenado los judíos, y allí estábamos Jesús y yo. Al hallar a Jesús éste le dijo: «Mira, has sido sanado, no peques más, para que no te venga alguna cosa peor».

El hombre, pensando que reconocerían a Jesús como el Mesías, avisó a los judíos y les dijo quién era y dónde estaba el que le había sanado.

Esta curación se divulgó por toda Jerusalén y los judíos perseguían a Jesús para darle muerte, pues, además, a cualquiera que nos increpaba y nos insultaba llamándonos transgresores, Jesús les respondía: «Mi Padre trabaja todos los días, incluso el día de reposo. De otra forma ¿cómo podríais vosotros respirar?». Y estas palabras les enfurecía más, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios. Pero Jesús no paraba de predicar y anunciar la llegada del Reino de Dios por toda Jerusalén, hablando a todo el mundo sin parar mientras duró la fiesta. También yo daba testimonio de que sus palabras eran verdaderas Y nadie pudo prenderle porque aún no había llegado su hora. Además los que le escuchaban insultaban a los judíos que querían matarle.

Mientras Jesús estaba en una Plaza de Jerusalén predicando el Reino de Dios, aparecieron varios seguidores de Juan y uno de ellos le dijo: «¿Eres tú Jesús, el hombre de Nazareth, de quien nuestro profeta dijo que era el Hijo de Dios?».

Respondió Jesús y le dijo: «Tú lo dices».

Dijo el discípulo de Juan: «Hemos venido a unirnos a ti, pues Juan ha sido asesinado por Herodes en Maqueronte; pero antes de morir nos dijo que te siguiéramos».

Le dijo Jesús: «El tiempo de Juan se ha cumplido. Ahora es el tiempo del Hijo del Hombre, pero en verdad, en verdad os digo que Juan será eternamente honrado como el más grande profeta que tuvo la Humanidad. Venid con nosotros, hay mucho por hacer».

Los discípulos de Juan se unieron a nosotros y fuimos predicando el Evangelio por todas las ciudades y aldeas de Judea. Allí donde iba Jesús, le seguían las multitudes, llegando incluso antes que Él a los lugares donde iba a predicar. Muchos enfermos eran sanados y, al volver a sus aldeas, lo contaban con alegría a sus vecinos, los cuales aprovechaban cualquier ocasión para conocer ellos también al Mesías en persona.

Por esta época se unieron dos esenios a nosotros que venían de parte del sacerdote justo. Le pregunté a Jesús que a qué habían venido, si es que había algún problema. Y Jesús me contestó: «No han venido porque haya algún problema, sino a resolverlo. Esto debes mantenerlo en secreto. Ellos son especialistas en mantener el cuerpo físico que he tomado para la misión de Dios perfectamente cohesionado a mi espíritu. Y de vez en cuando, he de retirarme a descansar para que ellos puedan cuidarlo mientras yo lo abandono. De otro modo, a este cuerpo le sería imposible aguantar la alta vibración a la que es sometido por mi espíritu. Así que, mientras yo me retiro ocasionalmente de él, ellos deben cuidarlo, hasta que vuelvo a tomarlo de nuevo. Por eso no te extrañes si me ves que a veces tardo uno o dos días en despertar».

Aconteció que, estando hablando Jesús del Reino a las multitudes en una ciudad llamada Jericó, aparecieron unos cuantos judíos en nombre de los príncipes de los sacerdotes y le dijeron: «Jesús Galileo, deja de blasfemar más acerca de Dios y de quebrantar sus leyes. Hemos venido a prenderte, pues lo que dices y haces nuestras leyes lo castigan con la muerte».

Respondió Jesús y les dijo: «La Ley ha sido hecha por vuestra maldad, porque sois incapaces de llevarla en vuestro corazón, de tal forma que ella os acusa de que sois transgresores. Pero yo no quebranto las leyes. El Hijo no dice ni hace nada por sí mismo, sino lo que ve hacer y decir al Padre. El Hijo habla de lo que está en la Mente del Padre. Hay una ley que es más grande que todas vuestras leyes y sobre ella dieron cuenta todos los profetas: «Ama a tu prójimo como a ti mismo».

El fariseo miró a todos los que había allí congregados y dijo: «¿Veis cómo blasfema?, ¿qué necesidad tenéis de escucharle?, dejad a este hombre, sólo un loco como él es capaz de semejante disparate». Y desenvainado su espada se disponía a prenderle, pero, he aquí que muchos de los que estaban escuchando sacaron sus espadas y no les dejaron pasar. Y viendo los fariseos que eran menor en número, se rindieron. Entonces Jesús alzó la voz y les dijo: «Podéis ir y decir a los que os han mandado que aún no ha llegado mi hora. Todavía es de día y ahora toca esparcir la semilla del Reino. Pronto llegará la noche y entonces tendréis poder de vuestro padre Satanás para actuar contra el Hijo del Hombre».

De inmediato aquellos hombres se fueron sin mediar palabra.

Se divulgó aquel hecho por toda la comarca y muchos zelotes y gente que pensaba que el Reino de Dios se instauraría después de una revuelta, vinieron a unirse a Jesús.

A éstos Jesús les dijo: «No os confundáis, el Reino de la Paz no puede conquistarse con violencia, la espada hay que usarla en vuestro interior: cortando los pensamientos y sentimientos perversos, sólo así se conquista el Reino de Dios, que está dentro de vosotros».

Muchos no entendían lo que les decía; y otros, nos escupían y nos maldecían. Los discípulos del Bautista que habían comprendido bien a su maestro, se unían a nuestra revolución pacífica; los que no le habían entendido, pensaban que Cristo expulsaría a los romanos a la fuerza y se haría con el reino de Israel. Muchos se defraudaron en aquella hora y abandonaron nuestro grupo; otros, la minoría, se quedaron con nosotros. En cuanto a los discípulos de Juan que nos abandonaron, formaron otro grupo al que llamaron Bautista (Grupo que perdura hasta el día de hoy). Esta congregación nunca reconoció a Cristo y pensaban que aún estaba por llegar.

El peligro nos acechaba día tras día en la región de Judea, pues los príncipes de los sacerdotes buscaban hallar solo a Jesús para prenderle y juzgarle por hacerse llamar Hijo de Dios y predicar, según entendían ellos, en contra de la ley de Moisés; y Herodes, que pensaba que Jesús era Juan el Bautista, que había resucitado de entre los muertos, también quería hallarlo y darle muerte.

Ante tanto peligro y, viendo que ya la región de Judea había recibido la semilla del Reino de Dios, decidió que ya era hora de volver. Volvimos a Galilea y nos hospedamos en Cafarnaum.

Cuando llegaron los demás apóstoles le contaron todo lo que habían hecho. Cómo muchos les confundían con el propio Jesús y todas las dificultades por las que habían pasado. Al contarle el poco éxito que habían tenido en predicar y los pocos adeptos que habían conseguido, pensaban que el Maestro les diría que no son dignos de hacer ni siquiera bien el primer trabajo que se les mandaba, pero, en vez de eso, Jesús valoró mucho los primeros resultados. Les dijo: vuestra tarea es sembrar no esperar a ver los frutos.

Le dijo Pedro: «Señor, ahora recuerdo una parábola que dirigías a la población que habla del sembrador. ¿Puedes explicarnos que significa?».

Contestó Jesús y le dijo. «Ya os dije que a vosotros se os concede conocer los secretos del Reino de Dios. A los otros sólo en parábolas para que viendo, no vean, y oyendo, no entiendan. Vuestra experiencia en estos tres meses está relacionada con esta parábola. Nosotros, los que anunciamos el Evangelio representamos al sembrador, la semilla es la palabra de Dios; la tierra es el alma de los hombres. Pero la semilla no siempre cae en buena tierra como habéis podido comprobar. Una parte cae en el camino, donde vienen los pájaros del cielo y se la comen. Éstos representan a los que, oyendo la palabra, no la entienden, porque no hay en ellos entendimiento espiritual, pues no se han preocupado de estudiarla anteriormente. Enton-ces viene Satanás, que representa a los pájaros, y arrebata la semilla que ha sido sembrada en sus corazones para que no crean y se salven.

»Otra parte de la semilla cae en un lugar pedregoso, donde no hay mucha tierra, y enseguida brotó, por ser la tierra poco profunda, mas al salir el Sol, la quemó , y, por no tener raíz, se secó. Ésta tierra representa a los que son superficiales, pues, al oír la Buena Nueva, la reciben con alegría y gozo y creen en ella, pero cuando surgen las primeras dificultades, las persecuciones y las tribulaciones a causa de la doctrina, la abandonan por algo que les sea más cómodo.

»Hay otra parte de la semilla que cae entre espinos, y éstos terminan ahogándola.

Esta tierra representa a los escuchan la palabra de Dios, pero están más preocupados por las cosas de este mundo: las riquezas, los placeres de la vida... que terminan ahogando la palabra y la voz de la verdad, haciéndola estéril y dejándola sin fruto.

»Por último, los granos caídos en buena tierra son los que han dado su fruto. Ésta representa a los que han oído la Buena Nueva y han permitido que germine dentro de ellos y que eche raíces, hasta transformarlos por completo. Y el fruto que creció y se multiplicó también ha brotado dentro de ellos y se han convertido asimismo en sembradores, dando mucho fruto, según la capacidad de cada uno.

»Esto es lo que habéis conseguido al esparcir la semilla del Reino, y esto ocurrirá cada vez que el sembrador sale a sembrar. Él tiene que preocuparse de sembrar con alegría, pero la tierra que recibe su semilla no siempre es la mejor.

»Por tanto, os digo: No estéis afligidos porque vuestra semilla no ha dado el fruto que esperabais, sino regocijaos, porque a su tiempo veréis el fruto si tenéis paciencia para esperar».

Después de esto, se retiró aparte, al otro lado del mar de Galilea, a un lugar desierto de la ciudad llamada Betsaida. Allí permanecimos varios días los doce, los dos esenios y las mujeres a solas con Cristo.

Estos momentos de intimidad con nuestro maestro eran lo que más deseábamos que se produjeran, pues en ellos, Jesús nos iba descubriendo todos los enigmas del hombre y del Universo.

LAS REGIONES DEL MUNDO ESPIRITUAL

Un día nos reunió en torno a Él y nos dijo: «Os hablare del camino del alma cuando abandona este mundo y por qué hay que prepararse antes en la tierra para cruzar sin miedo y con confianza los planos del otro mundo:

«Sabed que toda alma que deja este mundo, inicia un viaje por el mundo de los espíritus hasta que llega a su verdadera casa, donde se reconoce como es en realidad. Sólo cuando el alma cruza el umbral hacia el otro mundo se da cuenta de cuánta razón tenían aquellos profetas, maestros, amigos y hermanos que les anunciaban que existía una vida después de la muerte; pero los que hicieron malas obras ya no podrán hacer nada por evitar pasar por el reino inferior del Mundo Espiritual. Allí tendrán que purgar los males que han cometido en la vida que acaban de dejar. ¡Creedme, allí será el lloro y el crujir de dientes! Allí el alma sentirá todo el dolor que ha causado a su prójimo en la Tierra.

Preguntó Andrés: «¿Ese es el Hades eterno?».

Contestó Jesús: «Sí, Andrés, pero no es eterno, aunque la estancia allí siempre se hace larga e interminable. El alma permanece en esta región sólo el tiempo que necesita para purgar sus errores, aunque allí no existe el tiempo como en la Tierra. Pero debo decirte que antes de mí, los hombres, debido a sus malas obras, han hecho que se les cerrara la puerta hacia las regiones superiores, pero cuando yo me vaya la abriré de nuevo para todos y podrán de nuevo volver a la Tierra en un cuerpo cada vez más perfecto hasta que alcancen la perfección».

Bartolomé le interrogó: «Señor, aunque el hombre haya pecado ¿podrá obtener la misericordia de Dios y recibir consuelo si pide ayuda y se arrepiente de lo que hizo?».

Le contestó Jesús: «En verdad, consuelo recibirá, pero será perdonado mucho más quien se arrepienta mientras viva, pues de esta manera quizás evite pasar por esta oscura región donde sólo habitan demonios y pecadores que no se han arrepentido mientras estaban en la tierra. Acordaos de la parábola de Lázaro y el rico: El hombre rico tuvo una buena vida en la Tierra y a Lázaro le tocó ser pobre. Pero el rico no se compadeció de Lázaro. Cuando ambos cruzaron al más allá, el rico fue a este lugar de tormento y Lázaro a la región donde estaba el Padre Abraham. Cuando el rico se dio cuenta del error que había cometido en la tierra con su falta de piedad para con los que lo pasan mal, pidió a Abraham que tuviese misericordia y mandase que Lázaro mojase la punta de su dedo en agua para refrescar su lengua. A lo cual Abraham le recordó los bienes que había recibido en la Tierra y aquí le tocaba pasarlo mal y ver a Lázaro recibir bienes. Pero, además, le dijo que aunque quisiera no podría cruzar a esa región, pues había un abismo entre la región donde estaba Lázaro y la región donde se encontraba el rico.

»Por eso os digo que recibirán misericordia de Dios, pero ayudar al pecador en el mundo inferior de los espíritus es mucho más complicado, y sólo con la sabiduría y el amor Divino y mediante un sacrificio enorme se podrá ayudar a quien lo solicita desde el Hades».

«¿Podemos nosotros hacer algo por ellos?» Le pregunté yo.

Y Jesús contestó: «Podéis ayudarles desde aquí, desde el plano terrestre, con vuestra oración y el deseo de hacerles bien».

Preguntó Sara, la hija de Juan el de Caná de Galilea: «Maestro, ¿cómo podemos hacerles bien si ellos ya no poseen un cuerpo físico como nosotros y, además, no podemos verlos?».

Respondió Jesús y le dijo: «Es cierto, Sara, dices bien, pero vuestro poder es más grande de lo que os imagináis. Muchos de vosotros andáis por ese Mundo mientras dormís, aunque luego no recor-dáis lo que habéis hecho ni lo que habéis visto allí. En verdad os digo, que si deseáis ayudar a los que han dejado este mundo a superar su estancia en el infierno, podéis hacerlo con sólo desearlo, pues mientras dormís, vuestros espíritus, en forma angelical, irán a esa región y prestarán ayuda a los que se hallan allí, aunque vuestra ayuda ha de hacerse sin violar la Ley».

Dijo Tomás: «¿Cuál es esa Ley que no se debe violar?».

Y Jesús le respondió: «La que habéis oído de vuestros padres, la que Moisés les entregó, la conocida Ley del Talión, aunque los gentiles han sabido darle un nombre más propio, ellos la han llamado Ley de Causa y Efecto, pero es una Ley complicada de entender por los que ignoran que el espíritu no nace en la Tierra solamente una vez, sino muchas, y éstos la han malinterpretado y se han dado la prerrogativa de aplicarla ellos y ejecutarla, cuando es una Ley que no necesita que nadie la aplique ni la ejecute, sino que ella misma lo hace, pues es una Ley impuesta por la sabiduría y el amor de Dios, y ningún hombre sabría cómo se debe aplicar ni ejecutar. Por este motivo, vosotros sólo debéis limitaros a conocerla. No hagáis lo que vuestros padres, pues recibiríais mayor condenación. Cuando el Hijo del Hombre resucite y vosotros recibáis el Espíritu Santo, entonces éste os guiará hacia otra Ley mayor, que regirá en el Reino de Dios, la cual se llama Ley del Amor. Aquella Ley regirá hasta que nazcáis de nuevo; ésta tendrá completa validez cuando seáis revestidos del Espíritu Santo, pero ahora es el tiempo de sembrar las semillas, las cuales salen del Mundo de Dios y bajan a la Tierra a través del Hijo del Hombre».

Dijo María, la hermana de Juan Marcos: «Dinos qué debemos hacer mientras permanecemos en la Tierra para evitar pasar por esa región de tormento».

Contestó Jesús: «Lo que desde siempre os han enseñado vuestros profetas y vuestros padres: evitar hacer todo mal e incluso el deseo de mal en vuestro corazón. Pero, si intentando no hacer ningún mal, Satanás os tienta y vosotros caéis en su tentación, entonces, al llegar la noche, arrepentios y procurad sentir el dolor que habéis proporcionado a vuestro prójimo. Antes de dormir debéis recorrer con el pensamiento todas vuestras vivencias del día que pasó, pero debéis hacerlo en sentido inverso, empezando por lo último que halláis vivido hasta llegar al primer momento en que os levantasteis por la mañana. Al hacer esto, deteneos en aquellos recuerdos que os remuerden la conciencia procurando sentir lo que os he dicho. Si hacéis esto cada noche, se borrarán de vuestra alma los pecados que halláis cometido durante el día y, al morir, entraréis directamente en el Cielo Primero. Pero os advierto una cosa: es bueno arrepentirse de los males que hemos hecho y aprender de ello la lección de que nunca más volveremos a hacerlo; pero seguir con el remordimiento después de esto, proviene del maligno. Por tanto, arrepentios, sentid lo que pudo sentir vuestro prójimo cuando le hicisteis el mal, pedidle perdón y rectificad por siempre vuestra conducta, pero cuando hayáis hecho esto, ya no es necesario seguir con vuestro remordimiento, pues vuestro Padre celestial os ha perdonado. Procurad no cerrar vuestro corazón al perdón, porque tan malo es no perdonar como no dejarse perdonar.

»Entre esta región y el Cielo Primero se encuentra una región fronteriza. Allí van a parar los tibios, los que no han tenido ningún interés, mientras estaban en la tierra, en defender ninguna idea; aquellos que no han tenido fe ni han creído en Dios ni en los profetas, sino sólo en ellos mismos y en lo que veían. Éstos, aunque no han hecho mal a nadie, tampoco les han hecho ningún bien. Todo el que se comporte de esta manera, pasará por esta región. Allí no habrá diversiones sino que todo es aburrimiento y sin sentido.

»La siguiente región es el Cielo Primero, donde recibiréis todo el bien que halláis hecho a vuestros semejantes. Si habéis derramado amor, recibiréis amor. De aquí se hace verdadero aquel dicho que habéis aprendido de mí: “Dad y se os dará”. Todo el bien que en la Tierra se hace por los demás, se recibe aquí centuplicado, pero lo que se os dará allí no es el hecho material, el cual no tiene ningún valor, sino el espiritual, lo que vuestro prójimo sintió en su alma al recibir vuestra ayuda.

Preguntó Santiago: «Maestro, ¿qué ocurrirá con los que se quedaron en las anteriores regiones?, ¿podrán pasar a ésta algún día?».

Contestó Jesús: «Así será, las moradas de que os hablo son moradas espirituales. Y la más espiritual está más alejada, en cuanto a densidad, del mundo material. A medida que os vayáis quitando densidad, iréis ascendiendo de una a otra».

Le dijo Mateo: «Entonces, si caemos en la morada inferior, ¿cómo nos podemos quitar densidad?».

Le contestó Jesús: «La densidad se os irá quitando a medida que en vuestra alma se va muriendo aquello que os ata a esa morada, y que son sentimientos perversos y contrarios a la Ley de Dios.

»En esta morada encontrareis además a los que pensaban y sentían como vosotros en la Tierra, a vuestros familiares y amigos, a aquellos con los que siempre deseasteis vivir en un sitio de paz y alegría sin los contratiempos del mundo material. Allí encontrareis también a los ángeles. Haréis lo que os gusta y viviréis la felicidad que anheláis en la Tierra.

»Después de este Cielo está el Cielo Segundo y a continuación, el Cielo Tercero.

»En el Cielo Segundo se puede escuchar la gran armonía con la que el Padre dirige los mundos. Allí os daréis cuenta de que la vida entera está unida a Dios y que todos sois parte de Él. Allí también se pueden escudriñar los verdaderos libros sagrados, los libros que están escritos con la tinta de la Verdad, que es todo cuánto acontece en el universo. Podréis consultar en esos libros el pasado y el futuro y vuestras propias encarnaciones pasadas, pues son libros vivos que no pueden contener otra cosa que la Verdad, ya que en ellos se registra hasta la última tilde de lo que ocurre en el universo».

Pregunto Tomás: «Maestro, ¿es aquí donde consultan los adivinos y los profetas?».

Le contestó Jesús: «Así es, Tomás, pero no todo profeta o adivino tiene el suficiente grado espiritual para consultar en ellos. Por eso sólo pueden escudriñarlos los que han adquirido un grado superior y su perfección les impide utilizar lo que ven allí para ensalzarse o enriquecerse. Los que quieren ensalzarse y enriquecerse sólo alcanzan a ver el reflejo de los libros en regiones inferiores; pero no pueden llegar a ver las imágenes verdaderas. Por lo tanto, trasmiten a los que les escuchan una verdad pervertida, que ellos creen real.

»El Cielo Tercero es vuestra verdadera casa; allí es donde habita vuestro espíritu. Cuando entráis allí os tomáis un descanso hasta que volvéis a iniciar otra vez el camino hasta vuestra nueva encarnación.

»Muchas cosas ocurren en este Cielo, pero ahora no puedo hablaros de ellas, aunque, os digo, que llegará un día en que lo descubriréis por vosotros mismos».

Y diciendo esto, se retiró a descansar.

LA VERDADERA COMIDA

Al día siguiente aparecieron en aquel lugar una gran multitud, pues cuando se enteraron donde se encontraba, le habían estado buscando hasta que dieron con Él. Y Jesús permaneció todo el día hablándoles del Reino de Dios.

Cuando llegó la noche, los doce nos empezamos a preocupar, ya que no teníamos comida para tanta gente, pues el lugar era desierto. Así que nos acercamos a Jesús y le dijimos: «Maestro, despide a la gente para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y puedan alojarse y encontrar alimentos».

Y El nos dijo: «Dadles vosotros de comer».

Y nosotros dijimos: «Sólo tenemos pan para nosotros, ¿cómo vamos a repartirlo entre tantos? A no ser que vayamos nosotros mismos a comprar comida para toda esta multitud, pues son como cinco mil».

Entonces nos dijo Jesús: «Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta en cincuenta y traed todo el pan que tengáis».

Así lo hicimos.

Y tomó los panes y alzó los ojos al cielo, los bendijo, los partió y los repartió entre nosotros para que diéramos de comer a los que estaban recostados. Todos, los cinco mil y nosotros, experimentamos la sensación de habernos saciado aquella noche.

Y aquellos hombres, viendo la señal que había hecho Jesús, empezaron a creer en Él y a decir: «Éste es realmente el Mesías que esperamos. Y pensaban que tenían que coronarlo rey de Israel. Pero, he aquí, que mientras pensaban esto, entendiendo Jesús que iban a coronarle, se escabulló y se fue al monte a orar».

Al llegar la noche, los que le seguíamos de cerca entramos en una barca para ir a Cafarnaum. Y en mitad del mar vimos a Jesús que, andando sobre las aguas, se dirigía a nosotros. Nos asustamos y empezamos a remar más fuerte para huir de lo que creíamos era un fantasma, pero Él, tranquilizándonos, dijo: «Soy yo, no temáis. Debéis acostumbraros a verme en este plano, pues pronto descubriréis que es tan real como el plano físico. Subió a la barca y ninguno nos atrevimos a preguntarle si era Él o su fantasma. Cuando llegamos a tierra vimos que Jesús ya estaba allí y miramos al que venía en la barca con nosotros, pero ya no estaba. Él, viendo nuestro asombro, nos dijo: «¿De qué os sorprendéis? Si creéis en mí, veréis cosas que ni soñáis, y también podréis estar en más de un sitio al mismo tiempo».

Al día siguiente, los que habían visto las señales y querían coronarle rey, llegaron y se sorprendieron de que Jesús estuviese con nosotros, pues no le habían visto subir a la barca. Al verlo allí le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste aquí?». Y Jesús respondió: «No os importa cómo ni cuando llegué aquí, sino la comida que os he dado, por eso me buscáis, para saciar vuestra hambre. No me busquéis por la comida que sólo sirve para alimentar el cuerpo físico, sino más bien por la que puede alimentar vuestras almas y daros la vida eterna, la cual os dará el Hijo del Hombre, porque a éste señaló Dios el Padre. Y ahora es el tiempo de recibirla».

Le dijeron: «¿Qué debemos hacer para recibir esta comida y poner en práctica la obra de Dios?».

Y Jesús les respondió: «La obra de Dios es ésta: que creáis al que Él envió y comáis su pan, porque el pan de Dios es aquel que descendió del Cielo y da vida al mundo».

Le dijeron: «Señor, danos siempre este pan». Y Jesús les dijo: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás».

Después de aquella afirmación de nuestro maestro, muchos se unieron a nosotros, pero otros, incluso algunos que antes eran de los nuestros, se echaron atrás y dejaron de seguirle.

Siempre que alguien se iba me acordaba de la parábola del sembrador que nos había revelado Jesús en secreto.

LA SEGUNDA Y TERCERA SIEMBRAS

Después de estos hechos, Jesús eligió a 72 de entre todos los que habían creído en él y los envió de dos en dos delante de él a todas las ciudades de Israel. A éstos les dio instrucciones de lo que habían de hacer y de cómo había de anunciar su llegada y el Reino de Dios.

Al cabo de unos meses volvieron los setenta y dos y contaron lo difícil que había resultado predicar la Buena Nueva. También contaron que muchos espíritus se les resistían en su nombre.

Y Jesús les dijo: «Lo importante es que habéis preparado el camino. Satanás ya ha sido vencido por el Hijo del Hombre. No importa que ahora se os resistan sus demonios; pero regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos por haber sembrado la semilla de Dios».

Después de esto fuimos de aldea en aldea y de ciudad en ciudad por aquellos lugares en los que previamente habían estado los setenta y dos, y Jesús no paraba de hablar a la población, claramente y por parábolas, acerca del Reino de Dios.

Dejamos la tierra de Judea para el final, pues Cristo nos había dicho que Jerusalén sería la última en recibir la tercera semilla (pues tres veces había que predicar en toda aldea y ciudad). Después de esto vendría su hora y se iniciaría el nuevo mundo en el corazón de todos aquellos que habían acogido la semilla en su interior.

Cuando pasamos por Caná de Galilea, tuvimos que hacer noche, y a la mañana siguiente hallamos a Jesús orando. Cuando acabó le dije: Señor, enséñanos a orar. Y él nos reunió a todos a su alrededor y nos dijo: «Así oraréis:

Padre nuestro que estás en los cielos,Santificado sea tu nombre. Venga tu Reino. Hágase tu Volun-tad, como en el Cielo, así también en la Tierra, El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, el poder y la gloria, por todos los siglos. Amén».

Después nos llamó a los doce aparte y nos explicó el significado:

«Está oración contiene todo lo que necesitáis pedir al Padre, dijo. Pero no hagáis vanas repeticiones, sino ser conscientes y meditad lo que decís. No os comportéis como los hipócritas, que les gusta orar en todas partes a voz en grito para ser vistos y oídos por todos los hombres. Vosotros entrad en vuestro aposento y, cerrada la puerta, orad a vuestro Padre. Y vuestro Padre, que os ve en secreto, os recompensará públicamente.

»Cuando pronuncies la oración que os he enseñado, meditad en cada una de sus palabras, pues han sido elegidas entre muchas otras porque son las que contienen más poder para redimir al hombre.

»Cuando digáis Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu nombre, pensad que Dios es vuestro Padre. No tengáis miedo de Él. Pues así como un padre que se precie, ama a sus hijos, así os ama Dios a vosotros. Y aún más, os ama con un amor que vosotros no podéis por el momento ni concebir. No hagáis caso de aquellos que os muestran un Dios diferente. ¡Dios es amor! Y con este sentimiento es con el que habéis de dirigiros a Él. Con respeto, sí, pero como si hablarais con vuestro propio padre. Su nombre debe ser santificado, porque de otra manera no nos estaríamos dirigiendo a Él, sino a un dios falso. Santificar el nombre de Dios es necesario para entrar en comunión con Él, ya que no habita en la Tierra, sino en los Cielos, donde nada que no sea Santo ha penetrado jamás.

»Al decir venga tu Reino debéis desear con todas vuestras fuerzas que vuestra conciencia perciba el Reino de Dios, que no es un lugar físico, ni nadie os lo podrá mostrar diciendo: ¡helo aquí! o ¡helo allí!, sino que está dentro de vosotros. Desead con todo vuestro corazón entrar en este estado de bienaventuranza, trabajad por él y el Reino vendrá a vosotros. De cierto os digo, que muchos de vosotros ya estáis a las puertas, pero no lo percibiréis plenamente hasta que no me haya ido.

»Cuando pidáis que se Haga su voluntad, así en la Tierra como en el Cielo reflexionad que la voluntad del Altísimo es lo más sagrado y elevado a lo que puede aspirar el ser humano. Conseguir que en la Tierra se haga la voluntad de Dios que ya se hace en el Cielo, es traer armonía del Cielo a la Tierra. Nada hay más elevado y perfecto que la voluntad de Dios. Pero ésta se consigue elevando nuestra moral y deseando ser más perfectos día tras día. Cuando seáis uno conmigo y yo uno con vosotros, entonces habréis conseguido afinar vuestra voluntad y hacerla semejante a la voluntad Divina. Todo lo que hagáis será como si lo hiciera el Padre, pues no habrá diferencia entre vuestra voluntad y la suya. Pero estas palabras repetidas día tras día serán poderosas para quien las pronuncie y le guiarán por el camino más corto hacia la perfección.

»Al decir El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy, no estáis pidiendo sólo que no os falte el alimento físico, sino que también estáis demandando el alimento espiritual. La comida material sólo sirve para nutrir el cuerpo. Y una (la comida) y otro (el cuerpo) son perecederos. El alimento espiritual, sin embargo, sirve para nutrir el alma, la cual es eterna. Desead, al pronunciar estas palabras, que el Padre os envíe todos los días el alimento espiritual para que nunca tengáis hambre. Sé que vosotros, los que me seguís, no habéis dejado de pedirlo. Por eso me tenéis ahora entre vosotros, pues he bajado como pan del Cielo para todos aquellos que han pedido nutrir el alma.

»Al pronunciar las palabras perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores deteneos y observad si tenéis algo contra vuestro prójimo, y haced un esfuerzo por perdonarlo. Sólo así podréis alcanzar vosotros el perdón de Dios; pues si vosotros no perdonáis ¿cómo esperáis ser perdonados? Perdonad a vuestro enemigo en la intimidad y de corazón; pero con más razón si es él quien os lo pide, pues al que ama y perdona mucho, mucho se le amará y perdonará. Perdonad siempre que se os presente la ocasión. Y sobre todo, cada vez que pronunciéis esta oración tened predisposición al perdón, porque esto es fundamental para entrar en el Reino.

»Y por último, cuando digáis no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal, desead que Dios os dé la sabiduría y la comprensión sin necesidad de caer en el error, en el pecado y en la ignorancia, pues aprender por la vía del error es muy doloroso, mientras que aprender por la vía de la comprensión y la sabiduría es ir por el camino de la gracia Divina, la cual proporciona gozo y satisfacción».

LA APERTURA DEL REINO A TODOS LOS HOMBRES

Después de recorrer una por una todas las ciudades y aldeas de Israel, subimos a Jerusalén y permanecimos allí durante la fiesta de los tabernáculos. Pero Jesús no quería darse a conocer, sino que prefería pasar desapercibido, pues la última vez que estuvimos allí le buscaban para darle muerte, aunque muchos judíos solo querían conocerle para ver si era quien decía ser: el Mesías prometido.

A la mitad de la fiesta, Jesús subió al Templo y habló abiertamente a quienes estaban allí. Los que escucharon quedaron maravillados y le preguntaron: «¿Dónde aprendiste las cosas que nos cuentas?, ¿dónde has estudiado?, pues no nos consta que hayas ido a la escuela». Y Jesús contestó: «La doctrina que os enseño no es mía, sino de Aquél que me envió. Juzgad por vosotros mismos si es o no verdadera. El que quiera hacer la voluntad de Dios conocerá si la doctrina es Suya o si yo hablo por mi propia cuenta».

Muchas fueron las enseñanzas que Jesús el Cristo impartió en Jerusalén mientras permanecimos allí. Unos le creían y otros se enzarzaban en discusiones sin fin para poder encontrar algo de qué acusarle, pero Jesús salía siempre triunfante de todas las trampas que le tendían. Cuando dijo que él existía antes que el padre Abraham, no aguantaron más y tomaron piedras para arrojárselas, pero Jesús se escabulló mezclándose entre la gente y se fue.

Todos los que tenían enfermedades y pasaban a su lado eran sanados, pero lo que más enfureció a los fariseos fue la curación de un ciego de nacimiento que, según nos dijo Jesús, sus pecados no tenían nada que ver con sus padres ni con sus males en esta vida, por lo que dedujimos que su ceguera era una enfermedad que provenía de los pecados de una de sus existencias anteriores. No les interesaba si el ciego había dejado de sufrir, sino el hecho de que había sido sanado en día de reposo. También intentaron, con falsos testimonios, convencer a todos de que el hombre había fingido su ceguera. Pero no pudieron, porque había mucha gente que le conocía, y sus padres testificaron la verdad: que era ciego desde que nació.

Se armó tal revuelo en Jerusalén que muchos judíos venían a Jesús y le decían: No nos turbes más el alma, si eres tú el Cristo, dínoslo ya de forma clara.

Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero vosotros seguís sin creer. Pero si no me creéis a mí, creed al menos por las obras que hago en nombre de mi Padre. Si, después de todo, seguís sin creerme, es que no sois de mis ovejas».

Por todas las cosas buenas que Jesús hizo en Jerusalén procuraban prenderle para acallar la Buena Nueva que venía del mismo Trono del Altísimo, pero Jesús, sabiendo que aún no había llegado su hora, se fue de Jerusalén al otro lado del Jordán, dónde Juan había estado bautizando.

Muchos seguidores del Bautista, que todavía seguían por allí, se unieron a nosotros, pues decían que todo lo que Juan había dicho de Jesús era verdad.

Una noche, antes de irnos a dormir, Jesús me llamó aparte y me dijo: Ha llegado la hora de tu iniciación. Mañana partiremos a Betania tú y yo solos y despertaré en ti el Reino de Dios. Por el momento, nadie más debe saberlo, has de guardar el secreto. Tú serás el primero en conocer lo que el Padre tiene preparado para todos aquellos que creen en mí. «¿Estas preparado, amado Lázaro?».

Le contesté: «Sí, maestro, lo estoy».

Los doce y las mujeres sabían que Jesús iba a realizar conmigo algo importante para nuestra sa-grada misión y no preguntaron nada cuando nos vieron partir al día siguiente. A los demás Jesús les dijo que debíamos ir solos a realizar una mi-sión importante. Salimos antes de arribar el alba y llegamos a mi casa al amanecer. Marta y María nos recibieron con alegría y quisieron prepararnos algo de comer, pero Jesús les dijo que no, que nuestra comida ahora era otra mucho más importante. Pasamos a un cobertizo que había sido utilizado en el pasado como templo casero y Jesús dijo a mis hermanas que no nos molestasen durante una hora. A partir de ese momento sólo recuerdo que dijo que me tumbara y recitaba unas oraciones sagradas, y después imponía sus manos sobre mi frente mientras hablaba en un idioma desconocido, que más tarde identifiqué como espiritual. Hubo un momento en el que perdí la conciencia y así permanecí, sin saber nada de este mundo, hasta que fui traído a él de nuevo por el propio Cristo. Experimenté la muerte y volví a la vida de nuevo al oír su voz llamándome desde el mundo físico, aunque ya habían pasado tres días y medio. No me había dado cuenta que Jesús se fue de nuevo al lugar de donde salimos y yo permanecí sin él a mi lado todo ese tiempo. Mis hermanas creyeron realmente que había muerto para nunca más volver y me trasladaron al sepulcro. Pensaban que Cristo se había olvidado de mí y me había dejado morir. Por este motivo, comunicaron a muchos judíos que yo había muerto. Éstos se encontraban allí cuando llegó Cristo de nuevo.

Mi hermana Marta, al verle llegar, le abrazó y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero sé que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, y que todo lo que pidas a Dios se cumplirá».

Contestó Jesús y dijo: «Marta, María, venid aquí». Y abrazándolas les dijo: «¿No sabéis que Lázaro resucitará?, ¿qué no está muerto, sino en sueño profundo? Él ha pasado por una muerte, pero su muerte no es como la de los demás, es una muerte para abrir las puertas del Reino de Dios. Ya os lo dije antes. ¿Dónde lo pusisteis?». Ellas le dijeron: «Ven y ve».

Jesús, profundamente conmovido dijo: «¿Cómo es que le habéis sacado del lugar donde os dije que no lo movierais?».

El lugar al que me habían llevado era una cueva sepulcral, la cual habían tapado con la piedra, pues ellas, al ver que no me movía ni contestaba a sus llamadas, creyeron que se había producido mi muerte total. Y así parecía haber sido, pues lo que yo viví en el Mundo Espiritual es lo que puede vivir cualquier difunto, solo que yo tenía la ocasión de poder volver y recordar todo perfectamente, aunque sólo uno podía devolverme a la vida: Jesús-Cristo, el Hijo del Dios.

Cristo les dijo: «¡Quitad la piedra!». Cuando quitaron la piedra pronunció una oración y dijo las palabras mágicas. Después clamó a gran voz: «¡Lázaro, ven fuera!».

Al escuchar la llamada del Hijo de Dios, del Verbo encarnado, desperté al mundo físico con una nueva conciencia.

Y Jesús me dijo: «Desde ahora tu nuevo nombre será Juan, igual que el profeta más grande que tuvo la Humanidad antes de manifestarse el Reino en el corazón humano, porque Dios ha tenido misericordia8 del hombre y le ha rescatado de la muerte en la que había caído».

Muchos de los que estaban allí y creían que yo había muerto, viendo lo que hizo Jesús, creyeron en él. Pero algunos fueron a los fariseos y le dijeron lo que había hecho Cristo. Uno de ellos conocía los secretos de la iniciación hebrea, la que sólo conocían unos pocos en Israel, y lo contó a los príncipes de los sacerdotes. Éstos lo contaron a los maestros guardianes del secreto, los cuales, después de reunir al consejo, decidieron que la Ley era bien clara para quien descubriera los secretos de la iniciación a alguien que no hubiera sido elegido por los maestros: «¡muera sin conmiseración! Si no lo hacemos así dijeron todo el mundo podrá pisotear nuestro santuario, incluso los romanos y demás gentiles. Este Jesús es un peligro, pues enseña secretos y misterios que pertenecen exclusivamente a los elegidos. Si lo dejamos sin castigo, todos creerán en él y cualquier pecador podrá acceder a los misterios sagrados».

Uno de ellos dijo: «Algunos de nosotros creemos que hay que investigar primero si éste es quien dice ser, porque si es el Cristo, entonces nos encontraremos luchando contra la obra de Dios».

Y Caifás, el sumo sacerdote de aquel año, dijo: «Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que es conveniente que muera un hombre por el pueblo, y no que lo haga toda la nación».

Esto no lo dijo por sí mismo, sino que como era sumo sacerdote aquel año, profetizó que Jesús había de morir por la nación. Y no sólo por la nación, sino también para que todos los hijos de Dios despierten en su interior el Reino de los cielos.

La asamblea terminó con la decisión de hallar a Jesús para condenarlo a muerte. Entonces el maestro ya no podía andar abiertamente entre los judíos, pues la amenaza de muerte se hacía cada vez más patente y cercana, pero, aunque estaba próxima, aún no había llegado su hora, por lo que se retiró, con todos sus discípulos, a Efraín, una ciudad contigua al desierto.

Yo me quedé en Betania y di testimonio a todos los que acudían a mí de que el Reino de los cielos era una realidad que estaba cercana, pues yo ya había entrado en él y, desde ahora, podía disfrutar de sus privilegios: Ver más allá del mundo físico, hablar directamente con los espíritus a voluntad, tener la seguridad de la vida eterna, gozar de amor y felicidad... Les decía: «Debéis aceptar a Jesús como el Cristo y creer en Él, porque Él trae a los hombres este nuevo nacimiento, él dará vida a todos los que están muertos. Sin él no es posible entrar en este nuevo estado de conciencia. Él os dará las llaves que abrirá la puerta en vuestro interior».

Cuando los príncipes de los sacerdotes se enteraron de que mucha gente creía en Jesús a través de mí, acordaron también buscarme para matarme, pues decían que los conocimientos divinos en manos de pecadores provocaría la ira de Dios sobre Israel. Y que muchos judíos piadosos serían desviados de la buena doctrina a través nuestro.

Una semana antes de la Pascua vino Jesús con los demás discípulos a Betania y allí nos dijo que la semilla ya había sido esparcida por todo Israel en la forma debida y que había llegado la hora del Hijo del Hombre.

Al día siguiente, nos pusimos en marcha hacia Jerusalén. Jesús mandó a sus discípulos traer un pollino de una pequeña aldea, diciéndoles: «Si alguien os pregunta, diréis que el Señor lo necesita». Y así lo hicieron. Cuando se disponían a desatar el pollino, salieron los dueños dando voces, pensando que trataban con ladrones; pero los discípulos les dijeron: «No temáis, no somos ladrones, sino que el Señor lo necesita. Cuando cumpla con él su misión, os lo devolveremos».

Muchos de los que estaban en Betania cuando llegó Jesús y oyeron que iba a ir a Jerusalén, se fueron para allá y lo dijeron a todos los que encontraban a su camino. De tal forma que cuando Jesús llegó, muchos le esperaban en la puerta de la entrada de la ciudad con ramas de palmera, y cuando le vieron llegar montado en el pollino, clamaron a gran voz: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!».

Cuando ocurrían estas cosas no nos dábamos cuenta de que estaban escritas. Sólo después de que Jesús fuera glorificado, al repasar los acontecimientos de su vida, nos dimos cuenta de que muchas anécdotas eran puras profecías acerca del Mesías. Sobre este acontecimiento está escrito: No temas, hija de Sion; he aquí tu Rey viene, montado sobre un pollino de asna.

Muchos fariseos, al ver cómo la gente le aclamaba, dijeron entre sí: «Por mucho que digamos que es un falso profeta, no conseguimos nada. Ya veis que la muchedumbre va tras él. Y le dijeron: Eh, falso profeta, di a tus discípulos que callen, ¿cómo, pues, dejas que te llamen Mesías?».

Y Jesús les contestó: «Si éstos callaran, las piedras clamarían. ¡Ay de vosotros, pobres ignorantes, que no sabéis reconocer el tiempo de vuestra salvación! Mirad hacia arriba y allí me encontraréis, mirad en el agua y allí estaré, mirad en la piedra y hallareis mi espíritu, mirad en vuestro corazón y me reconoceréis. En cualquier parte donde alcancen a ver vuestros ojos, se dejará ver y sentir mi espíritu; pero habréis de observar con los ojos de vuestro espíritu, como lo hacen éstos que me aclaman como Rey de Israel».

Al decir Jesús esto, los fariseos se fueron avergonzados y ya no tuvieron valor para decirle nada más.

Cuando entramos en Jerusalén nos dirigimos a casa de Simón el esenio, y allí pernoctamos los últimos días de Jesús. Durante el día salíamos por las calles de Jerusalén a predicar el Reino de Dios. Y Jesús ya no andaba a escondidas; pero los fariseos que le buscaban no le reconocían. Muchos lo confundían con alguno de nosotros, pues durante esos días ocurrió algo especial: todos éramos un solo espíritu, el espíritu de Cristo. De hecho, de no haber sido traicionado por Judas (pues él fue quien le señaló), nunca habrían descubierto quien de nosotros era el Mesías.

Antes de la Pascua, Jesús habló con Pedro y conmigo y nos dijo: id y preparadnos la cena, pues he de revelaros lo más importante antes de partir de este mundo al mundo del Padre.

Nosotros le dijimos: «¿Dónde quieres que la preparemos?» Y Jesús nos dijo: «Simón el esenio mandará a un hombre con un cántaro de agua en cuanto os vea llegar; seguidle hasta la casa donde entrare y decid al padre de familia de esa casa: El maestro dice ¿Dónde está el aposento donde he de comer la pascua con mis discípulos? Él os mostrara el aposento ya dispuesto, preparadla allí. Pero tened cuidado que no os siga ningún fariseo y mantenedlo en secreto con todos hasta que llegue la hora y vaya yo con los demás».

Así lo hicimos, y al llegar a la casa descubrimos que quien vivía allí era un tal José de Arimatea, un hombre rico, que había ofrecido a Jesús su ayuda incondicional.

Al llegar la noche nos reunimos los doce en casa de José y nos sentamos a la mesa. Y Jesús nos dijo: «He deseado mucho que llegara este momento, pues ya no podré tomar esta pascua con vosotros hasta que se cumpla en el Reino de Dios». Se levantó de la cena, puso agua en un lebrillo y comenzó a lavarnos los pies y a secarlos con una toalla.

Todos nos quedamos sorprendidos de que Cristo hiciera esto y permanecimos en silencio mientras nos lavaba los pies; pero cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «Señor no dejaré que tú me laves los pies». Y Jesús le dijo: «Lo que yo hago, no lo comprenderéis ahora, mas lo comprenderéis después de mi muerte. Simón, si no te lavo los pies no entrarás en el Reino ni tendrás nada que ver conmigo».

Le dijo Simón Pedro: «Si es así, no sólo quiero que me laves los pies, sino también mis manos y mi cabeza». Jesús le dijo: «El que está lavado sólo necesita lavarse los pies, pues está todo limpio, y vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Esto lo dijo porque sabía que uno del grupo le iba a entregar.

Cuando nos hubo lavado los pies, volvió a la mesa y nos dijo: «¿Sabéis lo que he hecho?

»Vosotros me llamáis Señor y Maestro; y no os equivocáis, porque lo soy. Pues si yo, que soy vuestro Señor y Maestro os he lavado los pies, vosotros también os los debéis lavar los unos a los otros, y comprender el significado de este gesto. Porque ejemplo os he dado.

»Como ciudadanos del Nuevo Mundo, debéis comportaros de una forma completamente contraria a como se comportan los ciudadanos de este mundo. Los que pertenecen a este mundo utilizan su rango superior para aprovecharse de los que son inferiores a ellos; pero vosotros debéis servir y ayudar a los que pertenecen a un rango inferior al vuestro. Esto es lo que dice la Ley, pues si no se hiciera así todo el edificio de Dios se vendría abajo. Todo lo que está un escalón por debajo del nuestro contribuye a que nosotros podamos estar donde estamos. Un maestro no sería nada sin sus discípulos, pues ¿a quién transmitiría sus enseñanzas? Una planta no sería nada sin la tierra sobre la que se alza, pues ¿de qué se nutriría? De cierto os digo, que el siervo no es menor que su señor, ni el enviado es mayor que quien le envió. Si sabéis estas cosas, no estáis lejos del Reino de Dios, porque en él todos querrán servir a su prójimo.

»Cultivad esta forma de ser y os servirá de guía para entrar por la puerta correcta al Reino venidero. Todo el que quiera entrar en él debe comportarse así, pues ni los egoístas, ni los que maltratan, ni los que, siendo inferiores, se creen superiores, mirando a todos los demás como indignos, entrarán en el Reino. Todo maestro verdadero se comporta de la forma que os he dicho, y por esto se les conoce, por sus frutos, porque todo el que le sigue y se acerca a él eleva su condición humana. Vosotros ya estáis en condiciones de comportaros así, porque, como os he dicho antes, estáis purificados; pero esto no lo habéis conseguido en esta vida, sino en vidas anteriores. Por eso os he elegido, aunque uno de vosotros no está limpio. Vosotros debéis enseñar a quien os escuche que el primer requisito para entrar en el Reino es el de la purificación. El agua del bautismo es el rito que la simboliza; pero no limpiará a nadie que no esté dispuesto a esforzarse por conseguirlo. Han de luchar contra su propio mal y vencerlo y dominar sobre sus deseos y pasiones. Sin hacer esto no es posible recibir el Espíritu Santo y nacer de nuevo».

Tomó el pan, dio gracias y lo repartió entre nosotros diciendo: «Este es mi cuerpo, que por vosotros es entregado. Haced esto en memoria mía». Y después de cenar tomó la copa de vino diciendo: «Esta es la copa del nuevo pacto, y el fruto de la vid que ella contiene es mi sangre, que por vosotros será derramada. Pero el que me entrega está sentado con nosotros en esta mesa».

Todos se escandalizaron y quisieron saber quién era; pero Jesús sólo me lo rebeló a mí, mediante una señal. Dijo: «A quien yo diere el pan mojado, ese es». Y le dio el pan a Judas Iscariote, hijo de Simón. Después Jesús le dijo: «Haz pronto lo que estás tramando». Y ninguno de los que estaban en la mesa entendieron por qué le había dicho eso.

Después de esto, Jesús exclamó: «Ahora ha llegado la hora del Hijo del Hombre. Israel ya ha recibido la semilla del Reino. Y vosotros seréis los encargados de llevarla por todo el mundo. De cierto os digo, que, si me voy, no volveré hasta que la semilla crezca y dé su fruto. Pero no os dejaré huérfanos, sino que os enviaré el Espíritu Santo. Él os revelará todo lo que queráis saber, Y también despejará las dudas que tengáis, porque os hará saber la Verdad. Os hará saber que solo se puede ir al Padre por un camino: el camino que yo he abierto para vosotros».

Jesús nos habló de otras muchas cosas, las cuales ya he contado en otro libro9.

Todos sus discípulos nos entristecimos, cuando le oímos hablar de su propia muerte. Y le preguntamos: «Maestro, ¿no puedes pedir al Padre que te deje entre nosotros?».

Y Jesús respondió: «Para esto he venido al mundo. Mi sacrificio ha de abrir el camino al Reino de Dios y limpiar al mundo de pecado. Si me quedara entre vosotros no se cumpliría la Misión que el Padre me ha encomendado y el mundo no recibiría la bendición de ver sus pecados perdonados. La consecuencia sería desastrosa: en la Tierra reinarían el odio, la enfermedad, el dolor y la muerte. Sólo de esta forma, cumpliendo la voluntad del Padre, es posible redimir a la Humanidad de aquello que se introdujo en su alma a partir de los primeros padres».

Estuvimos allí un buen rato, y Jesús nos dijo muchas cosas acerca de lo que nos esperaba después de su partida, pero nos habló de que el Espíritu Santo vendría a nosotros y nos serviría de consuelo en todo momento.

Después salimos al otro lado del torrente del Cedrón, donde había un huerto, y entramos en él. Y Judas había ido a casa de José, donde habíamos celebrado la cena; pero, al no estar allí, preguntó al dueño de la casa y éste le dijo que habíamos ido al huerto de Getsemaní. Poco tiempo después se presentó allí con una compañía de soldados, y alguaciles de los principales sacerdotes y de los fariseos. Y no sabiendo quien de nosotros era Jesús, preguntaron a Judas y éste señaló a Jesús. Pero cuando fueron a prenderle, Jesús se adelantó y les dijo: «¿A quien buscáis?».

Y le respondieron: «A Jesús el nazareno».

Jesús les dijo: «Yo Soy».

Y, al instante, retrocedieron y cayeron a tierra, como si la fuerza del Verbo les hubiera alcanzado, quedando desfallecidos y atónitos por un rato. Pero Jesús volvió a preguntarles. Y esta vez, cuando le contestaron les dijo: «Si me buscáis a mí dejad ir a éstos». Entonces le prendieron, le ataron y le llevaron ante Anás, el suegro del sumo sacerdote Caifás. Ahí empezó el calvario de Cristo, como se ha narrado en otro de mis libros10, hasta que fue llevado a la peor de las muertes: a la muerte de cruz. Le condenaron por haber sembrado en la Tierra la más bella de las semillas, la semilla de la vida eterna y del amor y el Reino de Dios en todos los corazones; pero ellos pensaban que estaban condenando a un farsante y a un impostor. Su error fue debido a que no reconocieron a Aquel del cual hablan todas las religiones del mundo y todas las profecías del pueblo de Israel: al Cristo redentor del mundo.

La madre de Jesús, su hermana, María Magdalena y yo, permanecimos a su lado, hasta que dejó de respirar. Le vimos morir de manera horrible, como hombre, sin reclamar su rango Divino, y el dolor, la tristeza y el temor nos sobrecogió, pero en nuestro corazón sabíamos que ahí no podía terminar todo, pues Él nos había anunciado que resucitaría. Sobre este particular, muchos discípulos pensaban que resucitaría en el día postrero, en el juicio de Dios; los demás dudábamos. No habíamos reparado en la profecía que dice: «En el tercer día los resucitare». Ni pensábamos que las propias palabras de Cristo, cuando afirmaba que iba a resucitar, se referían a un acontecimiento tan cercano

Y llegó por fin el día, fue el primero de la semana, al tercer día, como está escrito en la profecía: «Les daré vida después de dos días, en el tercer día los resucitaré». Apareció María Magdalena y nos dijo que el sepulcro donde habían puesto a Jesús estaba vacío. Simón Pedro y yo corrimos a ver que ocurría y pudimos confirmar lo que nos había dicho María, pero después volvimos a casa de José de Arimatea, donde estábamos reunidos todos sus discípulos con las puertas bien cerradas por miedo a que viniesen también a por nosotros. Más tarde apareció María Magdalena y nos contó la noticia más hermosa: Jesús había resucitado. Hubo algunas discusiones entre nosotros sobre si decía la verdad o había sufrido alguna alucinación. Pero al llegar la noche pudimos comprobar por nosotros mismos que decía la verdad. De repente, mientras estábamos en vela por miedo a los judíos, Jesús se apareció en medio de nosotros y nos dijo: «¡La paz sea con vosotros! Ahora está todo cumplido». Todos creímos que era Jesús, pero su aspecto era diferente. Tenía más luz y era semejante a un espíritu, igual que le habíamos visto muchas veces cuando aún estaba con su cuerpo físico y aparecía de repente cuando en realidad se encontraba en otro lugar. Como el día que cruzamos el mar de Galilea y se nos apareció andando sobre las aguas. Y nos dijo: «Desde ahora tenéis poder en la Tierra para continuar mi obra y llevar la Buena Nueva a todas las naciones hasta que crezca la semilla en todos los corazones». Pero Tomás faltaba y Jesús nos dijo que en los siguientes días permaneciéramos los doce y las mujeres, todos juntos, para despedirse de nosotros.

Una noche, estando las puertas cerradas, Jesús volvió a aparecerse en medio de nosotros diciendo: «¡Paz a vosotros!». Y conociendo que Tomás dudaba, le dijo: «Pon tu dedo aquí, y mira mis manos; y acerca tu mano y métela en mi costado; y no dudes, sino sé creyente».

En ese momento a Tomás se le trasformó el rostro y respondió lleno de júbilo: «¡Señor mío, y Dios mío!». Después nos contaría cómo sintió arder en su interior la llama del amor puro. Algo que no podía traducir a palabras recorrió todo su ser en ese momento y ya nunca más pudo dudar.

Después de esto, Jesús nos dijo que ahora tenía que dejarnos, pero que volvería para instaurar el Reino de Dios donde nosotros seríamos reyes y sacerdotes.

«No os imaginéis un reino terrenal nos dijo, sino un Paraíso donde sólo podrá entrar aquel que se haya preparado. Y ahora llega el tiempo de la preparación. Id y decid a todo el mundo que se prepare mientras pueda, porque día llegará en que no habrá más tiempo y entonces vendrá el lloro y las lamentaciones. Hay que labrar la tierra y llenar los graneros mientras hay abundancia, porque llegarán días de escasez y entonces habrá hambre».

Uno de nosotros le preguntó: «Señor, ¿si ahora nos dejas, cuándo volverás?».

Respondió Jesús y nos dijo: «No es necesario que lo sepáis ahora, pero vuestra alma lo sabrá cuando se acerque el momento, pues así como habéis sabido identificar el tiempo del Hijo del Hombre y de la siembra, así podréis identificar su vuelta y la cosecha, cuando venga envuelto de poder y gloria. Vosotros sí lo sabréis porque seréis revestidos del Espíritu Santo, el cual os hará saber todas las cosas. Os mostraré un secreto: mil años son para Dios como un día y un día como mil años. Si yo he resucitado en el tercer día, también muchos lo harán cuando pasen dos mil años y comience a vislumbrarse el “tercer día”. Pero serán tiempos de angustia y de dolores de parto, porque luego nacerá el Hijo de Dios en el corazón humano y expulsará a los poderes de las tinieblas».

Hubo otras muchas apariciones de Cristo en su nuevo estado, las cuales nos dieron el aliento y la confianza para no reparar en los males pasajeros, que pertenecen a este mundo, sino a fijar la mirada en el eterno Reino venidero, el cual con toda seguridad aparecerá un día para cumplir la esperanza de todos los hombres de bien.


1 En los primeros tiempos de la Era cristiana la palabra Verbo (Logos) era muy común. Se utilizaba para designar a la palabra creadora que estaba en la Mente de Dios, cuya fuerza real creó el mundo. San Juan creía que el «Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» en la figura de Jesucristo. Cristo era, pues, el Hijo de Dios, así como la palabra es hija del pensamiento. Todos los atributos Divinos, como la Voluntad y las ideas de Dios, se encarnaron en Él y, a través de Él, podrán un día renacer en todos los hombres. Resucitar al Verbo en el interior supone, pues, dar vida al Hijo de Dios o Ser Espiritual que todos llevamos dentro. En palabras de Cristo: nacer de nuevo. ( Nota del editor)

2 Se refiere a los Evangelios.

3 Se refiere al Apocalipsis.

4 El apóstol Pablo de Tarso.

5 El profeta esenio Manaem profetizó a Herodes que sería rey de los judíos. (Nota del editor)

6 Se refiere al bautismo en el Jordán, cuando Jesús se convierte en Cristo ( Ver Capítulo siguiente)

7 Se refiere al rey Herodes (Nota del editor)

8 El nombre de Juan significa «Dios es misericordioso»

9 El Evangelio de San Juan (Nota del Editor).

10 Aquí también se refiere al Evangelio de San Juan (Nota del Editor).